SU EX LA INVITÓ A SU BODA PARA HUMILLARLA… PERO ELLA LO DEJÓ EN SHOCK…

Doña Antonia la encontró allí y se sentó a su lado. “Lo hiciste bien”, dijo ofreciéndole un pañuelo. “Les diste una verdad que pueden entender a su edad. Me duele que pregunten por él”, confesó Alejandra. que lo necesiten cuando nos ha ido tan bien sin él. Es natural que quieran saber. Todos buscamos nuestras raíces. Los días siguientes, Alejandra se sumergió en el trabajo para distraerse. Doña Antonia notó su dedicación renovada y decidió dar un paso importante. “Quiero enseñarte todo sobre el negocio”, le dijo una mañana.

No solo las fórmulas, sino la administración, los proveedores, todo. ¿Por qué ahora? Porque no soy eterna, querida. Doña Antonia sonrió con serenidad. Y quiero asegurarme que tú y los niños estén protegidos cuando yo no esté. Así comenzó un nuevo capítulo. Alejandra aprendió sobre contratos, impuestos, marketing. Descubrió que tenía talento natural para los negocios, una mente analítica que complementaba su creatividad con las fórmulas. “Deberíamos expandirnos”, sugirió un día mostrando un plan detallado. Abrir una tienda propia en vez de solo vender a distribuidores.

Doña Antonia estudió la propuesta impresionada. Es arriesgado, pero bien planificado. ¿Dónde aprendiste a hacer proyecciones financieras? Cursos en línea, confesó Alejandra. Estudio mientras los niños duermen. La admiración en los ojos de doña Antonia era evidente. Cuando te conocí, eras una joven asustada pero valiente. Ahora eres una mujer de negocios, una madre excepcional y la hija que siempre deseée tener. Alejandra la abrazó con lágrimas en los ojos. Usted nos salvó la vida. Todo lo que somos se lo debemos a usted.

No, querida. Doña Antonia acarició su mejilla. Yo solo te di una oportunidad. Tú construiste el resto con tu esfuerzo. Esa noche, mientras los gemelos dormían, Alejandra revisó viejas fotos en su teléfono. Encontró una de Sebastián, la única que había guardado. La miró largamente, buscando en ese rostro guapo los rasgos que veía cada día en sus hijos. Algún día sabrás lo que perdiste”, susurró a la imagen. “Y yo estaré lista para ese momento.” Lo que Alejandra no imaginaba era que ese día llegaría antes de lo esperado y de una forma que nunca hubiera podido prever, porque el destino, maestro de coincidencias, ya movía sus hilos invisibles para reunir lo que una vez se separó.

El otoño llegó con vientos fríos y hojas doradas que cubrían el jardín de la mansión. Doña Antonia, sentada en su sillón favorito junto a la ventana, observaba a los gemelos jugar entre las hojas caídas. A sus 78 años, su cuerpo se había debilitado, pero sus ojos verdes mantenían la misma vivacidad de siempre. Alejandra entró con una taza de té de hierbas. “Le traje su infusión favorita”, dijo colocándola en la mesita. “Con miel, como le gusta.” Doña Antonia sonrió con esfuerzo.

Siéntate conmigo, hija. Necesito hablar contigo. Algo en su tono alertó a Alejandra. Se sentó frente a ella tomando sus manos arrugadas entre las suyas. ¿Qué pasa? Fui al médico ayer. Doña Antonia habló con calma. Los resultados no son buenos. El mundo de Alejandra se detuvo por un instante. ¿Qué le dijeron? Cáncer de páncreas. Muy avanzado, respondió la anciana sin rodeos. No hay mucho que hacer, excepto controlar el dolor. No. Alejandra negó con la cabeza. Debe haber tratamientos, especialistas.

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