Los hay, querida, pero a mi edad y con lo avanzado que está, doña Antonia apretó sus manos. He vivido una vida plena. No tengo miedo. Las lágrimas corrieron por las mejillas de Alejandra. Esta mujer que había sido su salvación, su guía, su segunda madre. Ahora enfrentaba el final de su camino con la misma dignidad con que había vivido. ¿Cuánto tiempo?, preguntó con voz quebrada. Seis meses, quizás menos. Doña Antonia miró por la ventana hacia los niños. suficiente para poner todo en orden.
Los meses siguientes fueron una mezcla de dolor y momentos preciosos. Doña Antonia, rechazando tratamientos agresivos, optó por cuidados paliativos en casa. Alejandra reorganizó su vida para estar a su lado cada minuto posible. Por las tardes, cuando el dolor disminuía gracias a la medicación, doña Antonia contaba historias a los gemelos sobre su juventud en España, sobre su difunto esposo, sobre la nieta Lucía, que ahora estudiaba medicina en Europa. “Ustedes son mi familia también”, les decía acariciando sus cabezas.
“La familia que el corazón elige es tan real como la de sangre”. Una noche, mientras los niños dormían, doña Antonia llamó a Alejandra a su habitación. Sobre la cama había documentos legales. He cambiado mi testamento dijo sin preámbulos. Quiero que lo sepas antes que nadie. No necesito saber eso protestó Alejandra. No quiero hablar de Es necesario, interrumpió doña Antonia con firmeza. No tenemos el lujo del tiempo. Con manos temblorosas le entregó los papeles. Alejandra los leyó y su rostro palideció.
No puedo aceptar esto dijo dejando los documentos sobre la cama. Es demasiado. Es mi decisión. La voz de doña Antonia no admitía discusión. La empresa de cosméticos y la mitad de mi fortuna serán para ti y los niños. La otra mitad irá a fundaciones que ayudan a madres solteras y niños abandonados. Pero su familia, mi única familia de sangre es Lucía y ella está bien provista por el seguro de sus padres. Doña Antonia tomó su mano. Tú y esos niños me devolvieron la alegría cuando creí que solo me quedaba esperar la muerte.
Me dieron propósito. Alejandra lloró en silencio, abrumada por la generosidad de esta mujer extraordinaria. Habrá problemas”, advirtió doña Antonia. Jorge y Silvia, mis sobrinos lejanos, esperan heredar todo. Son buitres que nunca me visitaron hasta que supieron de mi enfermedad. Como si sus palabras fueran proféticas, al día siguiente aparecieron los sobrinos. Jorge, un hombre de 40 años con traje caro y sonrisa falsa. Y Silvia, su hermana, una mujer delgada de ojos calculadores. “Tía Antonia, vinimos en cuanto supimos”, dijo Jorge besando la mejilla de la anciana.
“¿Por qué no nos avisaste antes?” Doña Antonia los miró con frialdad. “¿Como no me avisaron del funeral de mi hermano o del nacimiento de tus hijos, Silvia?” Los hermanos intercambiaron miradas incómodas. Alejandra, observando desde la puerta, notó su desdén apenas disimulado hacia la anciana enferma. “Podemos llevarte a nuestra casa”, ofreció Silvia. “Tendrás los mejores cuidados.” “Estoy perfectamente atendida aquí”, respondió doña Antonia. Alejandra y sus hijos son mi familia ahora. La mirada que los hermanos lanzaron a Alejandra estaba cargada de odio.
Ese día comenzó una guerra silenciosa. Los sobrinos visitaban constantemente, fingiendo preocupación mientras buscaban cualquier señal de que Alejandra manipulaba a su tía. A medida que la enfermedad avanzaba, doña Antonia se debilitaba. El dolor aumentaba y las noches se volvieron largas batallas contra el sufrimiento. Alejandra dormía en un sillón junto a su cama, atenta a cualquier necesidad. Una madrugada de invierno, doña Antonia despertó con claridad inusual en sus ojos. “Es hora, hija”, dijo con voz serena, “Llama a los niños”.
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