Un año antes, Alejandra pisaba por primera vez el suelo reluciente del edificio Valverde. Su falda negra y blusa blanca eran lo mejor de su guardarropa. El cabello recogido en un moño y los zapatos prestados de su prima le daban confianza. “Vengo por el puesto de secretaria ejecutiva”, dijo a la recepcionista rubia que la examinó de pies a cabeza. Piso 15. El señor Valverde la espera. Alejandra pensó que vería al dueño, un anciano según las revistas. El ascensor subió veloz, demasiado rápido para calmar sus nervios.
La puerta estaba abierta. Un hombre joven hablaba por teléfono junto a la ventana. Al verla, terminó la llamada. Señorita Mendoza, soy Sebastian Valverde. No era el empresario canoso que esperaba. Este hombre tendría 30 años con ojos azules que contrastaban con su piel bronceada y cabello negro. Su traje azul marino parecía diseñado exclusivamente para él. “Mucho gusto”, logró decir Alejandra estrechando su mano. El contacto envió una corriente extraña por su brazo. Siéntese, por favor. Su currículum me impresionó.
La entrevista fluyó mejor de lo esperado. Sebastián era cordial, profesional, pero había algo en su mirada que la inquietaba. El puesto es suyo, dijo al final. Necesito alguien organizado y discreto. Usted parece perfecta. Alejandra salió del edificio eufórica. Un trabajo con buen sueldo en una empresa importante. Su vida cambiaba por fin. Los primeros meses fueron intensos. Sebastian exigía perfección, pero recompensaba bien. Alejandra aprendió rápido, ganándose su confianza. Mantenía todo profesional, aunque notaba como él la observaba cuando creía que ella no se daba cuenta.
La fiesta de Navidad de la empresa lo cambió todo. Alejandra no quería asistir, pero su amiga Lucía insistió. Necesitas divertirte. Además, ese vestido rojo te queda espectacular. El salón del hotel brillaba con luces y decoraciones. Alejandra se sentía fuera de lugar entre ejecutivos y sus esposas cubiertas de joyas. Se refugió en un rincón con una copa que apenas probó. No debería esconderse la mujer más hermosa de la fiesta. Sebastián apareció a su lado, elegante en su traje negro sin corbata.
Sus ojos brillaban con intensidad. Señor Valverde, no lo vi llegar. Esta noche soy Sebastián, no tu jefe, sonríó él. Bailamos. La música lenta los acercó más de lo apropiado. Alejandra sentía el calor de su mano en la cintura, su colonia cara mezclada con su aroma natural. Hace tiempo quiero decirte algo”, susurró él en su oído. “Me gustas, Alejandra, mucho.” El corazón de Alejandra dio un vuelco. Esto no es correcto. Soy su secretaria y yo soy un hombre que no puede dejar de pensar en ti.
Al final de la noche, en el estacionamiento vacío, Sebastián la besó. un beso al principio que se volvió intenso. Alejandra sabía que cruzaba una línea peligrosa, pero su cuerpo respondió por instinto. Así comenzó su secreto. Se encontraban después del trabajo en un apartamento que Sebastian tenía cerca del océano. Nadie lo sabía. En la oficina eran jefe y secretaria, a solas, amantes, apasionados. Algún día no tendremos que escondernos”, prometía Sebastian mientras acariciaba su cabello. “Solo necesito tiempo.” Alejandra lo creía.
Cada promesa, cada te quiero susurrado en la oscuridad. Se imaginaba como la señora Valverde con una casa frente al mar y quizás hijos con los ojos azules de Sebastián. Los meses pasaron en una burbuja de felicidad. Sebastian le regalaba joyas que ella guardaba en una caja, temerosa de que alguien las viera y sospechara. Una tarde de marzo, Sebastián la invitó a cenar a un restaurante exclusivo. Estaba extraño, inquieto. ¿Qué sucede?, preguntó Alejandra cuando trajeron el postre que ninguno tocó.
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