Doña Antonia le enseñó a usar la computadora para llevar las cuentas de esencias Vidal. su pequeña empresa de cosméticos naturales, le mostró el laboratorio casero donde creaba cremas y perfumes con recetas familiares centenarias. “Mi abuela era herbolaria en España”, explicó mientras mezclaba aceites en un mortero. “Estas fórmulas han pasado de madre a hija por generaciones.” Alejandra observaba fascinada. El aroma de la banda y Romero llenaba la habitación mezclándose con la luz dorada que entraba por los ventanales.
Por primera vez en meses sentía paz. ¿Crees que podría aprender? Preguntó tímidamente. Doña Antonia la miró con una sonrisa. Creo, querida Alejandra, que has llegado a mi vida por una razón y no son coincidencias lo que mueve el mundo, sino el destino. Lo que ninguna de las dos sabía era cuánta razón tenían esas palabras. El destino apenas comenzaba a tejer sus hilos, uniendo vidas rotas para crear algo nuevo y hermoso de las cenizas del dolor. El cielo se oscureció de repente aquella tarde de octubre.
Nubes negras cubrieron chula vista mientras el viento arrancaba hojas de los árboles. La tormenta que los meteorólogos anunciaban como la peor en décadas había llegado. Alejandra, con 8 meses de embarazo, miraba por la ventana con preocupación. Su vientre, enorme por los gemelos, le dificultaba moverse. Un dolor agudo la hizo doblarse. No hoy, por favor, susurró acariciando su barriga. Todavía no es tiempo, pero los bebés tenían otros planes. Otra contracción más fuerte. la obligó a sentarse. Respiró como le habían enseñado en las clases prenatales.
Cuando pasó el dolor, tomó el teléfono. Doña Antonia, creo que los bebés vienen. En minutos, la mujer mayor entró al apartamento. Al ver a Alejandra pálida y sudorosa, su expresión cambió. ¿Cada cuánto son las contracciones? Cada 10 minutos. Pero Alejandra se interrumpió cuando otra oleada de dolor la atravesó. Están acercándose. Doña Antonia llamó a su chóer. Prepara el auto, Pablo. Vamos al hospital. Pero cuando abrieron la puerta, entendieron que no sería posible. La lluvia caía como una cortina y el viento ahullaba entre los árboles.
Un relámpago iluminó el jardín, mostrando una rama caída que bloqueaba el camino. “Las calles deben estar inundadas”, dijo doña Antonia cerrando la puerta. Llamaré al Dr. Fuentes. El médico particular de la familia contestó al tercer timbre. Un parto gemelar prematuro. Su voz sonaba preocupada. Las ambulancias están colapsadas por la tormenta. Intentaré llegar, pero prepárense para un parto en casa. Doña Antonia, con una calma que solo dan los años, organizó todo. Transformó la habitación de Alejandra en una sala de parto improvisada.
Sábanas limpias, agua hervida, toallas esterilizadas. “Mi madre era partera”, explicó mientras preparaba todo. La ayudé en muchos nacimientos cuando era joven. Alejandra, entre contracciones cada vez más intensas, la miró con gratitud. “Tengo miedo”, confesó. Doña Antonia tomó su mano. El miedo es natural, hija, pero eres más fuerte de lo que crees. Tres. Horas después, el doctor Fuentes llegó empapado y con su maletín médico protegido bajo el abrigo. “Justo a tiempo”, dijo examinando a Alejandra, “Estás completamente dilatada.
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