Era la casa del jardinero explicó doña Antonia. Mi esposo la remodeló hace años. Es perfecta. Alejandra tocó la cuna de madera en una de las habitaciones. ¿De dónde salió esto? Era de mi hijo. La voz de doña Antonia se suavizó. Falleció con su esposa en un accidente hace 10 años. Mi nieta Lucía es todo lo que me queda de ellos. Lo siento mucho.
Alejandra comprendió por qué esta mujer entendía tan bien el dolor. Su nieta está muy enferma. Leucemia. Doña Antonia suspiró. Pero los médicos son optimistas. Es una luchadora como tú. Esa noche acostada en una cama cómoda por primera vez en meses, Alejandra lloró. No de tristeza, sino de alivio.
Quizás el destino, después de golpearla tan duramente, por fin le daba un respiro. “Gracias”, susurró a la oscuridad, una mano sobre su vientre donde sus hijos se movían inquietos. “Por fin tendremos un hogar.” En las semanas siguientes, Alejandra descubrió un mundo nuevo. Doña Antonia le enseñó a usar la computadora para llevar las cuentas de esencias Vidal.
su pequeña empresa de cosméticos naturales, le mostró el laboratorio casero donde creaba cremas y perfumes con recetas familiares centenarias. “Mi abuela era herbolaria en España”, explicó mientras mezclaba aceites en un mortero. “Estas fórmulas han pasado de madre a hija por generaciones.” Alejandra observaba fascinada.
El aroma de la banda y Romero llenaba la habitación mezclándose con la luz dorada que entraba por los ventanales. Por primera vez en meses sentía paz. ¿Crees que podría aprender? Preguntó tímidamente. Doña Antonia la miró con una sonrisa. Creo, querida Alejandra, que has llegado a mi vida por una razón y no son coincidencias lo que mueve el mundo, sino el destino.
Lo que ninguna de las dos sabía era cuánta razón tenían esas palabras. El destino apenas comenzaba a tejer sus hilos, uniendo vidas rotas para crear algo nuevo y hermoso de las cenizas del dolor. El cielo se oscureció de repente aquella tarde de octubre. Nubes negras cubrieron chula vista mientras el viento arrancaba hojas de los árboles.
La tormenta que los meteorólogos anunciaban como la peor en décadas había llegado. Alejandra, con 8 meses de embarazo, miraba por la ventana con preocupación. Su vientre, enorme por los gemelos, le dificultaba moverse. Un dolor agudo la hizo doblarse. No hoy, por favor, susurró acariciando su barriga. Todavía no es tiempo, pero los bebés tenían otros planes.
Otra contracción más fuerte. la obligó a sentarse. Respiró como le habían enseñado en las clases prenatales. Cuando pasó el dolor, tomó el teléfono. Doña Antonia, creo que los bebés vienen. En minutos, la mujer mayor entró al apartamento. Al ver a Alejandra pálida y sudorosa, su expresión cambió. ¿Cada cuánto son las contracciones? Cada 10 minutos.
Pero Alejandra se interrumpió cuando otra oleada de dolor la atravesó. Están acercándose. Doña Antonia llamó a su chóer. Prepara el auto, Pablo. Vamos al hospital. Pero cuando abrieron la puerta, entendieron que no sería posible. La lluvia caía como una cortina y el viento ahullaba entre los árboles.
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