“El amor de madre es la fuerza más poderosa del mundo.” Una semana después, Alejandra abrió los ojos, débil como un pajarillo, pero viva. Lo primero que vio fue a doña Antonia dormitando en un sillón junto a su cama. “Mis bebés”, susurró con voz apenas audible. Doña Antonia despertó de inmediato. Están perfectamente. Sonrió con lágrimas en los ojos. Son preciosos y fuertes como su madre.
Quiero verlos. La enfermera trajo a los gemelos pequeños bultos idénticos envueltos en mantas azules. Alejandra los miró con adoración mientras las lágrimas corrían por sus mejillas pálidas. Pablo y Pedro, murmuró besando sus cabecitas. Mis pequeños milagros. La recuperación fue lenta. La hemorragia había dejado a Alejandra al borde de la muerte y su cuerpo necesitaba tiempo para sanar.
Durante semanas apenas podía sostener a sus hijos. Doña Antonia y las enfermeras se encargaban de todo. Una tarde, mientras Alejandra observaba a sus bebés dormidos en las cunas junto a su cama, doña Antonia entró con una taza de té. Se parecen a ti”, dijo sentándose a su lado. Alejandra negó suavemente. Tienen los ojos azules de su padre. “Los ojos de todos los bebés son azules al principio,”, respondió doña Antonia.
“Pueden cambiar, ¿no?” “Estos.” Alejandra tocó la mejilla de Pablo. “Son los ojos de Sebastián, su color exacto.” Doña Antonia tomó su mano. “¿Quieres hablarme de él?” Alejandra dudó. Había guardado su dolor tanto tiempo que las palabras parecían atoradas en su garganta. Pero quizás era hora de compartir la carga.
Era mi jefe, comenzó. Me enamoré como una tonta. Él me prometió un futuro juntos, pero cuando supo del embarazo, su voz se quebró. Doña Antonia esperó pacientemente. Me dijo que el bebé no era suyo, que me había acostado con otros. me llamó cosas horribles. Un cobarde. La voz de doña Antonia tenía un filo de acero.
Un hombre que no merece conocer a estos ángeles. Alejandra asintió secándose las lágrimas. Por eso volví a Chula Vista para empezar de nuevo, lejos de él. Y lo has logrado. Doña Antonia apretó su mano. Has creado vida donde él solo sembró. Eso, querida, es verdadera fuerza. Esa noche, mirando a sus hijos dormir, Alejandra hizo una promesa silenciosa.
Viviría por ellos, les daría todo lo que merecían. Y algún día, cuando el destino lo permitiera, Sebastián Valverde sabría exactamente lo que había perdido. El tiempo pasó como agua entre los dedos. Los gemelos crecieron fuertes y sanos, llenando de risas la antigua mansión que por años había conocido solo el silencio.
Pablo, el mayor por 10 minutos, era inquieto y curioso. A los dos años ya trepaba por todos los muebles, causando sustos constantes a su madre y a doña Antonia. Pedro, más tranquilo y observador, prefería sentarse a mirar libros de dibujos durante horas. Son como el sol y la luna. comentaba doña Antonia mientras los observaba jugar en el jardín.
Diferentes pero inseparables. Alejandra había recuperado su salud, aunque las noches sin dormir durante el primer año dejaron ojeras bajo sus ojos. La depresión llegó silenciosa después del parto, como una sombra que oscurecía incluso los días más brillantes. No puedo sentir nada, confesó una noche a doña Antonia mientras las lágrimas corrían por su rostro sin razón aparente. Los amo tanto que duele, pero a veces me siento vacía.
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