La mujer mayor la abrazó con fuerza. Es normal, hija. Tu cuerpo y tu alma han pasado por mucho. Date tiempo. Poco a poco, con ayuda profesional y el apoyo incondicional de doña Antonia, Alejandra emergió de la oscuridad. Cada sonrisa de sus hijos era un rayo de luz que disipaba las sombras.
Cuando los gemelos cumplieron un año, doña Antonia organizó una pequeña fiesta en el jardín. La nieta de doña Antonia, Lucía, ya recuperada de su enfermedad, jugaba con los bebés mientras los adultos conversaban. “Deberías considerar trabajar más en el negocio, sugirió doña Antonia a Alejandra. Tienes talento para las fórmulas.” Era cierto.
En los ratos libres, cuando los niños dormían, Alejandra había comenzado a experimentar con las recetas de cosméticos. Su primera creación, una crema hidratante con extractos de aloe y manzanilla, había recibido elogios de las clientas habituales. “No sé nada de negocios”, respondió Alejandra insegura.
“Yo tampoco cuando empecé”, sonrió doña Antonia, “pero aprendí y tú eres más inteligente que yo.” Así comenzó una nueva etapa. Mientras los gemelos asistían a una guardería por las mañanas, Alejandra trabajaba con doña Antonia en el laboratorio casero. Aprendió a mezclar aceites esenciales, a calcular costos, a diseñar etiquetas.
“Tienes un don”, le dijo doña Antonia un día después de probar una nueva fórmula de jabón. “Puedes sentir lo que la piel necesita.” A los dos años, los rasgos de los gemelos comenzaron a definirse. Alejandra notaba con una mezcla de amor y dolor como el fantasma de Sebastián aparecía en sus rostros, la forma de la nariz, la curva de la sonrisa, esos ojos azules que no cambiaron con el tiempo.
Una noche, mientras les leía un cuento antes de dormir, Pablo la miró con esos ojos tan parecidos a los de su padre. ¿Dónde está papá?, preguntó con la inocencia de sus dos años. La pregunta atravesó a Alejandra como un cuchillo. Pedro también la miró esperando respuesta. “Papá vive lejos”, dijo finalmente, eligiendo cada palabra con cuidado.
“Muy lejos va a venir”, insistió Pablo. “No, mi amor, él tiene otra familia. No era toda la verdad, pero tampoco era mentira. Sebastián debía estar casado con Bianca Montero ahora, quizás con hijos propios que sí reconocería. No nos quiere. La voz de Pedro era apenas un susurro. Alejandra abrazó a sus hijos con fuerza, conteniendo las lágrimas.
Ustedes tienen tanto amor, mis niños, de mí y de doña Antonia, de Lucía, algunas familias son diferentes, pero no menos especiales. Esa noche, después que los niños se durmieron, Alejandra lloró en silencio en su habitación. Doña Antonia la encontró así y se sentó a su lado sin decir palabra, ofreciendo el consuelo de su presencia. “¿Cómo les explico que su padre los rechazó antes de conocerlos?”, preguntó Alejandra entre soyosos.
¿Cómo les digo que no los quiso sin que se sientan abandonados? Con tiempo y verdad, respondió doña Antonia. No toda de una vez, sino poco a poco, según puedan entender. A los 3 años, los gemelos eran el centro del universo de Alejandra. Cada logro, cada palabra nueva, cada risa era un tesoro.
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