Cuando los niños salieron, Alejandra se dejó caer en una silla. “No sé qué decirles, doña Antonia.” Cada vez preguntan más. “¿Necesitan saber algo, hija?” “No todo, pero algo.” Esa noche, después de las cenas, Alejandra reunió valor, sentó a los gemelos en la sala y apagó la televisión. Quiero hablarles de su papá”, dijo con voz suave.
Los niños la miraron con ojos grandes y expectantes, tan parecidos a Sebastián que dolía mirarlos. “Su papá se llama Sebastian”, comenzó. “Lo conocí cuando trabajaba en su oficina en San Diego. ¿Era tu jefe?”, preguntó Pablo, siempre curioso. Sí, era guapo e inteligente. Nos enamoramos, pero a escondidas, porque no estaba bien que el jefe saliera con su secretaria.
Como un secreto. Los ojos de Pedro brillaron. Le encantaban los secretos. Exacto. Nuestro amor era un secreto. Alejandra respiró hondo. Cuando supe que ustedes venían en camino, me puse muy feliz. Pero su papá, él no estaba listo para ser padre. ¿Por qué no? Pablo frunció el ceño.
A veces los adultos tienen miedo a las responsabilidades, explicó Alejandra eligiendo cada palabra. Él tenía planes diferentes para su vida y no incluían bebés en ese momento. No nos quería. La voz de Pedro tembló. Alejandra abrazó a sus hijos. Él no los conocía, mis amores. No sabía lo maravillosos que serían. Yo decidí venir aquí a Chula Vista para empezar una nueva vida y encontramos a doña Antonia que nos quiere como si fuéramos su familia.
Nunca vamos a conocerlo, preguntó Pablo. Alejandra dudó. No lo sé, cariño. Quizás algún día cuando sean mayores. Lo importante es que tienen mucho amor aquí con nosotros. Esa explicación pareció satisfacerlos por el momento. Alejandra los arropó como cada noche, con besos y cuentos. Cuando se durmieron, fue al jardín a llorar en silencio bajo las estrellas.
Doña Antonia la encontró allí y se sentó a su lado. “Lo hiciste bien”, dijo ofreciéndole un pañuelo. “Les diste una verdad que pueden entender a su edad. Me duele que pregunten por él”, confesó Alejandra. que lo necesiten cuando nos ha ido tan bien sin él. Es natural que quieran saber. Todos buscamos nuestras raíces. Los días siguientes, Alejandra se sumergió en el trabajo para distraerse.
Doña Antonia notó su dedicación renovada y decidió dar un paso importante. “Quiero enseñarte todo sobre el negocio”, le dijo una mañana. No solo las fórmulas, sino la administración, los proveedores, todo. ¿Por qué ahora? Porque no soy eterna, querida. Doña Antonia sonrió con serenidad.
Y quiero asegurarme que tú y los niños estén protegidos cuando yo no esté. Así comenzó un nuevo capítulo. Alejandra aprendió sobre contratos, impuestos, marketing. Descubrió que tenía talento natural para los negocios, una mente analítica que complementaba su creatividad con las fórmulas. “Deberíamos expandirnos”, sugirió un día mostrando un plan detallado.
Abrir una tienda propia en vez de solo vender a distribuidores. Doña Antonia estudió la propuesta impresionada. Es arriesgado, pero bien planificado. ¿Dónde aprendiste a hacer proyecciones financieras? Cursos en línea, confesó Alejandra. Estudio mientras los niños duermen. La admiración en los ojos de doña Antonia era evidente.
Cuando te conocí, eras una joven asustada pero valiente. Ahora eres una mujer de negocios, una madre excepcional y la hija que siempre deseée tener. Alejandra la abrazó con lágrimas en los ojos. Usted nos salvó la vida. Todo lo que somos se lo debemos a usted. No, querida. Doña Antonia acarició su mejilla. Yo solo te di una oportunidad. Tú construiste el resto con tu esfuerzo.
Esa noche, mientras los gemelos dormían, Alejandra revisó viejas fotos en su teléfono. Encontró una de Sebastián, la única que había guardado. La miró largamente, buscando en ese rostro guapo los rasgos que veía cada día en sus hijos. Algún día sabrás lo que perdiste”, susurró a la imagen. “Y yo estaré lista para ese momento.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
