Habrá problemas”, advirtió doña Antonia. Jorge y Silvia, mis sobrinos lejanos, esperan heredar todo. Son buitres que nunca me visitaron hasta que supieron de mi enfermedad. Como si sus palabras fueran proféticas, al día siguiente aparecieron los sobrinos. Jorge, un hombre de 40 años con traje caro y sonrisa falsa.
Y Silvia, su hermana, una mujer delgada de ojos calculadores. “Tía Antonia, vinimos en cuanto supimos”, dijo Jorge besando la mejilla de la anciana. “¿Por qué no nos avisaste antes?” Doña Antonia los miró con frialdad. “¿Como no me avisaron del funeral de mi hermano o del nacimiento de tus hijos, Silvia?” Los hermanos intercambiaron miradas incómodas.
Alejandra, observando desde la puerta, notó su desdén apenas disimulado hacia la anciana enferma. “Podemos llevarte a nuestra casa”, ofreció Silvia. “Tendrás los mejores cuidados.” “Estoy perfectamente atendida aquí”, respondió doña Antonia. Alejandra y sus hijos son mi familia ahora. La mirada que los hermanos lanzaron a Alejandra estaba cargada de odio. Ese día comenzó una guerra silenciosa.
Los sobrinos visitaban constantemente, fingiendo preocupación mientras buscaban cualquier señal de que Alejandra manipulaba a su tía. A medida que la enfermedad avanzaba, doña Antonia se debilitaba. El dolor aumentaba y las noches se volvieron largas batallas contra el sufrimiento. Alejandra dormía en un sillón junto a su cama, atenta a cualquier necesidad.
Una madrugada de invierno, doña Antonia despertó con claridad inusual en sus ojos. “Es hora, hija”, dijo con voz serena, “Llama a los niños”. Alejandra despertó a Pablo y Pedro, que entraron adormilados a la habitación. Con sus pijamas iguales y pelo revuelto se acercaron a la cama de la anciana. “Mis pequeños tesoros”, susurró doña Antonia, “vengan a despedirse de la abuela.
Los niños, aunque solo tenían 5 años, entendieron la gravedad del momento. Se acercaron y besaron sus mejillas. Te queremos, abuela”, dijo Pablo. “No te vayas”, añadió Pedro con lágrimas. “Siempre estaré con ustedes, prometió doña Antonia. En cada recuerdo feliz, en cada risa, estaré ahí.” Después pidió un momento a Solas con Alejandra.
“Prométeme algo”, dijo tomando su mano con las pocas fuerzas que le quedaban. No dejes que el rencor te consuma, ni por Sebastián, ni por los sobrinos, ni por nadie. El odio envenena primero a quien lo siente. Lo prometo, respondió Alejandra entre lágrimas.
Y una cosa más, añadió con una sonrisa débil, sé feliz. Es la mejor venganza contra quienes te lastimaron. Esa noche, rodeada de quienes realmente la amaban, doña Antonia cerró los ojos por última vez. Su rostro reflejaba paz como quien termina un largo viaje y por fin descansa. El funeral fue sencillo pero emotivo. Amigos, empleados y clientes fieles llenaron la pequeña iglesia.
Los gemelos, vestidos de negro por primera vez, permanecieron junto a su madre con dignidad sorprendente para su edad. Jorge y Silvia en primera fila interpretaban el papel de familiares desconsolados, pero sus ojos fijos en Alejandra revelaban su verdadera preocupación. La lectura del testamento tres días después confirmó sus peores temores.
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