Se imaginaba como la señora Valverde con una casa frente al mar y quizás hijos con los ojos azules de Sebastián. Los meses pasaron en una burbuja de felicidad. Sebastian le regalaba joyas que ella guardaba en una caja, temerosa de que alguien las viera y sospechara.
Una tarde de marzo, Sebastián la invitó a cenar a un restaurante exclusivo. Estaba extraño, inquieto. ¿Qué sucede?, preguntó Alejandra cuando trajeron el postre que ninguno tocó. Sebastián tomó su mano sobre la mesa. Mi padre quiere que me case con Bianca Montero, la hija de su socio. El mundo de Alejandra se detuvo. ¿Y tú qué quieres? Tiempo, suspiró Sebastian.
La empresa tiene problemas financieros que yo desconocía. Este matrimonio traería el capital que necesitamos. ¿Me estás dejando? La voz de Alejandra sonó pequeña. No, Sebastian apretó su mano. Busco una solución. Te quiero a ti, Alejandra. Bianca es solo un negocio. Esa noche hicieron el amor con desesperación.
Después, abrazados entre sábanas revueltas, Sebastian le juró que encontraría una manera de estar juntos. Confía en mí”, dijo besando su frente. “Nunca te abandonaré.” Alejandra quiso creerle. Necesitaba creerle. Las semanas siguientes, Sebastián cambió. Cancelaba sus citas, respondía mensajes. Tarde parecía distante. Alejandra pensó que era por la presión familiar.
Un día, sin querer, escuchó una conversación entre Sebastián y su padre en la sala de juntas. La boda con Bianca debe ser en primavera, decía el señor Valverde. Los Montero están impacientes. Aún no he dicho que sí, respondió Sebastián. No es una pregunta, hijo. Es una orden. Esta unión salvará la empresa. O prefieres que todo lo que construyó tu abuelo se pierda.
Alejandra se alejó con el corazón oprimido. Ahora entendía la presión que Sebastian enfrentaba. decidió darle espacio, ser paciente. Lo que no sabía era que la paciencia se le acabaría pronto, junto con las mentiras de Sebastian, y que la vida ya crecía dentro de ella, cambiando para siempre el rumbo de su historia. El test de embarazo mostraba dos rayas rosas.
Alejandra lo miró fijo, sentada en el borde de la tina de su pequeño baño. Era el tercero que hacía esa semana. Todos decían lo mismo. Estaba embarazada. El miedo inicial dio paso a una calma extraña, un bebé, algo creado por amor. Aunque ese amor ahora pareciera lejano, Sebastián había cancelado sus encuentros tres veces en las últimas dos semanas. Es el trabajo, decía por teléfono.
La unión con los Montero ocupa todo mi tiempo. Alejandra tocó su vientre a un plano. Quizás este bebé era la señal que esperaban. Sebastián tendría que decidir ella y su hijo o el matrimonio arreglado con Bianca Montero. Guardó el test en su bolso. Se lo diría esa misma tarde después de la junta directiva. En la oficina todo seguía normal.
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