Mi padre perderá la empresa si no nos casamos”, confesó Sebastián. “Tu padre quitará su inversión.” Bianca lo miró con lástima. Y eso justifica vivir una mentira, hacer infelices a tres personas. Sebastián recogió el anillo. A veces los adultos debemos hacer sacrificios. Hablas como mi padre. Bianca negó con la cabeza. Creí que eras diferente. Sebastian cayó.
Pensó en Alejandra, en sus ojos color miel, en su risa que iluminaba el cuarto más oscuro. Luego pensó en la empresa familiar, en los empleados que dependían de ella, en la decepción de su padre. Lo siento, Bianca, no tenemos opción. Ella volvió a ponerse el anillo resignada. Todos tenemos opciones, San Sebastian, solo que algunas piden más valor que otras. Esa noche Sebastian no durmió.
Las palabras de Bianca daban vueltas en su cabeza. De verdad no tenía opción o solo le faltaba valor. Pensó en llamar a Alejandra, pero era tarde. Mañana hablaría con ella, le explicaría todo. Ella entendería que este sacrificio era necesario, que aún podían verse en secreto, que nada cambiaría entre ellos.
Lo que Sebastián no sabía era que mañana sería muy tarde, que Alejandra llevaba en su vientre la prueba de su amor y que sus palabras crueles destruirían no solo ese amor, sino también cualquier posibilidad de conocer a sus hijos. El autobús llegó a Chula vista cuando el sol se escondía.
Alejandra bajó con su maleta pequeña, sintiendo el aire tibio y conocido de su barrio. Las calles seguían igual, niños jugando en la calle, música saliendo de las casas, olor a comida casera en el aire. 5 años atrás había salido de aquí llena de sueños. Ahora volvía con el corazón roto y una vida creciendo dentro. Caminó despacio hacia la casa azul de sus padres.
Las piernas le pesaban, no por cansancio, sino por miedo. ¿Cómo la recibirían? Antes de tocar el timbre, respiró hondo. La puerta se abrió antes que pudiera decidirse. Su madre, Carmen, salía a regar las plantas. “Alejandra”, exclamó soltando la regadera. “Dios santo, ¿qué haces aquí?” Se abrazaron fuerte.
Alejandra olió el perfume barato de su madre, el mismo de siempre. y por un momento volvió a ser niña. “Hola, mamá”, dijo con voz quebrada. “Volví.” Su padre apareció en la puerta. Roberto Mendoza con su ropa de mecánico y esa mirada dura que escondía un corazón bueno. “¿Qué pasó?”, preguntó sin saludar.
“¿Por qué no avisaste que venías?” Fue una decisión rápida. Alejandra entró a la casa sintiendo el peso de la mirada de su padre. La sala estaba igual, el sofá viejo, las fotos familiares, la televisión prendida con una novela. El tiempo parecía haberse detenido aquí. Te echaron, insistió su padre. No, papá, renuncié.
Renunciaste a un trabajo con seguro y buen pago. ¿Por qué harías algo así? Alejandra miró a sus padres. No podía seguir ocultándolo. Estoy esperando un hijo. El silencio cayó pesado. Su madre hizo la señal de la cruz. Su padre se puso blanco. ¿De quién?, preguntó al fin. Eso no importa. Alejandra se sentó cansada. Él no quiere saber nada del bebé. Claro que importa.
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