SU EX LA INVITÓ A SU BODA PARA HUMILLARLA… PERO ELLA LO DEJÓ EN SHOCK

Su padre golpeó la mesa. Fue ese jefe tuyo, ¿verdad? Siempre dije que ese trabajo era peligroso. Alejandra no contestó. lo que confirmó lo que su padre pensaba. “No puedes quedarte aquí”, dijo él. “¿Qué dirán los vecinos?” “El padre Jiménez, ya bastante vergüenza pasamos cuando tu hermana se fue con ese músico.

” “Roberto, intervino su madre. Es nuestra hija. Una hija que manchó el nombre de esta familia”, respondió él. tiene hasta mañana para irse. Esa noche Alejandra lloró en silencio en su viejo cuarto. Las estrellas que había pegado en el techo cuando tenía 12 años seguían allí, testigos mudos de sus sueños rotos. Su madre entró sin hacer ruido y se sentó en la cama. “Tu padre no habla en serio”, susurró acariciando su pelo.

“Solo está dolido, ya se le pasará.” “No importa, mamá.” Alejandra secó sus lágrimas. Buscaré un lugar. ¿Por qué no le exiges responsabilidad al padre? Si es tu jefe, tiene dinero. Alejandra negó con la cabeza. No quiero nada de él. Puedo criar a mi hijo sola. Su madre suspiró.

Siempre tan orgullosa, igual que tu padre. Al día siguiente, Alejandra alquiló un cuarto en casa de Doña Lupe, una viuda que rentaba a mujeres solas. Era pequeño, pero limpio, con una ventana que daba a un patio con limoneros. “No me importa tu situación”, dijo doña Lupe al ver su vientre apenas abultado. “Pero no quiero problemas ni visitas de hombres, no habrá ninguna”, aseguró Alejandra.

Con sus ahorros podría pagar unos meses de renta mientras buscaba trabajo. No sería fácil encontrarlo en su estado. Pero Alejandra nunca había tenido miedo al trabajo duro. Consiguió empleo como mesera en la cafetería El Rincón, un local pequeño, pero popular entre los trabajadores de la zona.

El dueño, don Ernesto, era un hombre mayor con ojos amables. “Solo necesito que llegues a tiempo y sonrías a los clientes”, dijo. “Lo demás no es mi asunto.” Alejandra agradeció su discreción. Usaba blusas sueltas para esconder su embarazo, pero pronto sería imposible ocultarlo. Las semanas pasaron lentas, las náuseas matutinas la debilitaban, pero seguía trabajando.

Por las noches, sola en su cuarto, hablaba con su bebé. “Seremos tú y yo contra el mundo”, susurraba tocando su vientre. “No necesitamos a nadie más.” A los tr meses fue a la clínica del barrio para su primer ultrasonido. La sala de espera estaba llena de mujeres embarazadas, algunas con sus parejas. Alejandra sintió un vacío en el pecho.

La doctora García, una mujer de mediana edad con lentes gruesos, la recibió con una sonrisa. Acuéstate y súbete la blusa indicó. El gel está frío. Te aviso. Alejandra tembló al sentir el gel en su piel. La doctora movió el aparato sobre su vientre mirando la pantalla con atención. “¡Qué interesante”, murmuró.

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