¿Hay algún problema? preguntó Alejandra K asustada. La doctora sonríó. Al contrario, veo dos corazones latiendo. Dos. No entiendo. Felicidades, señora Mendoza. Está esperando gemelos. Alejandra miró la pantalla donde dos pequeñas formas pulsaban con vida, dos bebés. El doble de responsabilidad, el doble de gastos, el doble de amor.
Salió de la clínica aturdida con la imagen del ultrasonido en la mano. En la parada del autobús, una señora elegante se sentó a su lado. “Malas noticias, querida”, preguntó al ver su cara. “No, solo sorprendentes. Voy a tener gemelos.” La señora sonrió mostrando dientes perfectos. Los gemelos son una bendición especial.
Traen el doble de alegría y el doble de gastos. Suspiró Alejandra. El dinero va y viene, dijo la señora. Los hijos son para siempre. Esa tarde Alejandra trabajó como siempre en la cafetería. El calor era sofocante y llevaba horas de pie. Mientras servía café, sintió que todo giraba a su alrededor. Las tazas se estrellaron contra el piso.
Lo último que vio antes de desmayarse fue a una mujer mayor, elegante y distinguida, la misma de la parada del autobús, levantándose para ayudarla. “Llamen una ambulancia”, gritó alguien. “No hace falta”, dijo la mujer con voz firme. “Mi chófer está afuera. La llevaré al hospital.” Alejandra quiso protestar, pero la oscuridad la envolvió. No sabía que ese desmayo cambiaría su destino y que esa mujer desconocida sería la respuesta a sus plegarias no dichas. La oscuridad se disipó lentamente.
Alejandra abrió los ojos bajo luces blancas y paredes color crema. El olor a desinfectante le confirmó que estaba en un hospital. intentó incorporarse, pero una mano suave la detuvo. “Quieta, querida, necesitas descansar.” Era la mujer elegante de la cafetería. De cerca, Alejandra notó su pelo plateado perfectamente peinado, y sus ojos verdes llenos de sabiduría.
“¿Dónde estoy?”, preguntó Alejandra con voz ronca. “En el hospital San Vicente. Te desmayaste mientras trabajabas.” Alejandra recordó las tazas rompiéndose, el suelo acercándose a su cara. Llevó las manos a su vientre con pánico. “Mis bebés están bien”, la tranquilizó la mujer. “El doctor dice que solo necesitas descanso y mejor alimentación. Estás anémica.
” La puerta se abrió y entró un médico joven con una tablilla. Veo que despertó, señora Mendoza. Soy el Dr. Ramírez. ¿Cómo se siente? Cansada. Mis bebés están bien. El médico sonrió. Sus hijos están perfectamente, pero usted necesita cuidarse más. Trabaja demasiadas horas para una mujer con embarazo gemelar. Alejandra suspiró aliviada.
La mujer mayor se levantó con elegancia. Doctor, ¿podría hablar con usted afuera? Cuando quedó sola, Alejandra miró por la ventana. El sol se ponía sobre chula vista, tiñiendo el cielo de naranja. Seis meses habían pasado desde que dejó San Diego. Seis meses construyendo una nueva vida día a día con el peso de dos vidas más en su vientre. La puerta volvió a abrirse. La mujer regresó con una sonrisa cálida.
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