Su hija expulsó a seis sirvientes de la casa, pero el séptimo hizo algo que sorprendió a toda la familia.

Los gritos lo golpearon en cuanto cruzó el umbral.

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¡Sal de mi habitación! ¡Te odio!

Michael Hayes se quedó paralizado en el vestíbulo de mármol de su mansión de Boston; el peso de su maletín se volvió repentinamente insoportable. Habría reconocido esa voz en cualquier lugar: su hija de diez años, Lily, en medio de otra rabieta. La paz se había esfumado de aquella casa hacía tiempo.

Durante cinco años, desde la muerte de su esposa, Michael se había sumergido en el trabajo. Su empresa había alcanzado el éxito nacional, pero tras estas paredes, todo se desmoronaba. Lily se había vuelto volátil, incontrolable, y rechazaba a cualquiera que intentara acercarse a ella. Seis empleadas domésticas se habían marchado llorando, incapaces de soportar sus arrebatos.

Esa mañana, había contratado a una séptima: Clara Mendoza, una mujer discreta de unos cuarenta años, de mirada dulce y voz serena.

«Los niños necesitan paciencia», le había dicho. «Yo crié a tres».

Había querido creerle.

Ahora, al oír algo romperse arriba —porcelana, a juzgar por el sonido—, su corazón se aceleró. Subió corriendo las escaleras.

Arriba, la puerta del dormitorio de Lily estaba entreabierta. A través de la rendija, vio la escena: Clara, tranquila, de pie, y Lily, con la cara roja y temblorosa, un jarrón roto derramando agua sobre la alfombra.

"¿Qué está pasando?", preguntó Michael.

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