"Lily", dijo en voz baja, "sea lo que sea, solo dime la verdad".
Las manos de la niña revoloteaban sobre sus rodillas.
"Le dije... que es como mamá. Que ella también se irá. Todos se van tarde o temprano".
La mirada de Clara se suavizó y, de repente, Michael comprendió. No era la rebeldía lo que llevaba a Lily al límite: era el dolor.
Revivió la noche en que su esposa, Grace, había muerto. Lily tenía cinco años y aferraba su osito de peluche mientras las máquinas pitaban antes de quedarse en silencio. Después de eso, la risa se desvaneció de la casa. Michael se había entregado al trabajo, pagando a gente para que llenara el silencio. Pero el amor, ahora lo entendía, no se podía delegar.
"No la odio", susurró Lily. "Solo... no quiero que se vaya como mamá".
Clara se arrodilló a su lado y le puso una mano suavemente en el hombro.
"Cariño, no me voy a ningún lado. Te lo prometo".
Lily la miró, insegura.
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