Su hija expulsó a seis sirvientes de la casa, pero el séptimo hizo algo que sorprendió a toda la familia.

Michael apartó la mirada para ocultar las lágrimas que le inundaban los ojos. Durante años, había pensado que Lily simplemente estaba siendo caprichosa, pero en realidad, tenía miedo. Miedo de perder a alguien más.

Esa noche, durante la cena, el ambiente era diferente. Clara sirvió sopa casera y pan de maíz, exactamente el tipo de comida que Grace solía preparar. Por primera vez en años, Michael y Lily comieron juntos en la misma mesa.

Clara hablaba poco, pero su presencia cambiaba el ritmo de la casa: tarareaba mientras cocinaba, dejaba flores frescas en la mesa y doblaba con cuidado la ropa de Lily, metiendo pequeñas bolsitas de lavanda entre los montones. Poco a poco, la risa empezó a regresar a los pasillos vacíos de la mansión.

Pasó un mes. Lily dejó de gritar. Michael empezó a llegar más temprano de la oficina. Y a veces, los pillaba a ambos en la sala, leyendo: Lily con la cabeza apoyada en el hombro de Clara, leyendo en voz alta.

Pero no todos estaban contentos.

Cuando la hermana de Michael, Evelyn, vino de visita un fin de semana, lo tomó aparte y le dijo en voz baja:

"Te estás acercando demasiado a esa mujer. Solo es una criada, Mike. No olvides su lugar".

Michael la miró fijamente.

"Es la primera persona que logró hacer sonreír de nuevo a mi hija. Ese es su lugar".

Evelyn frunció el ceño.

"Estás cometiendo un error."

Pero Michael ya no estaba tan seguro.

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