Tocó los muros fríos, la humedad, los rincones llenos de polvo. El lugar era pequeño, apenas unos metros cuadrados, con un colchón viejo y una manta que apenas cubría las piernas.
No había ventanas, no había puertas visibles, solo paredes y una sensación brutal de encierro. Desde algún lugar sobre su cabeza logró escuchar un leve murmullo. Se quedó quieta con el oído atento y entonces lo oyó con más claridad.
Una televisión encendida, el sonido de una telenovela o quizás de un noticiero mezclado con risas enlatadas. Estela sintió una punzada en el pecho al reconocer que estaba justo debajo de su casa, del lugar donde había vivido por años y que arriba la vida continuaba como si nada.
Gritó con más fuerza. Golpeó la pared con los puños clamando por ayuda, por compasión, por una explicación. Sabía que la tele estaba encendida porque alguien estaba allí, porque su hija y su yerno estaban allí.
gritó hasta quedarse sin voz, hasta que sus manos ardían por los golpes, hasta que la garganta le dolía como si hubiera tragado fuego. Y entonces la escuchó. La voz de Verónica no bajó al sótano, no se acercó a verla, pero su voz bajó como un cuchillo por las rendijas invisibles de ese encierro.
“Lo siento mamá”, dijo con una frialdad que el heló la sangre de Estela. “Pero tú ya viviste suficiente”. No hubo más palabras, solo eso. Y luego el sonido de la televisión subiendo de volumen como para silenciar cualquier otra cosa que pudiera oírse.
Estela se quedó inmóvil con la espalda pegada al muro y los ojos bien abiertos tratando de entender si aquello era real, si realmente su propia hija le había dicho eso, si realmente estaba allí encerrada por voluntad de ella.
Los minutos pasaron como horas. El frío le calaba los huesos. El estómago empezaba a dolerle y la boca estaba seca como papel. Buscó con las manos a su alrededor y encontró una pequeña botella de agua y un trozo de pan viejo, duro como piedra.
Fue entonces cuando comprendió que todo había sido planeado, que no era un accidente, que la pastilla, el colchón, el encierro, todo estaba preparado. Verónica lo había hecho con intención. Ulises también estaban arriba viviendo su vida como si nada mientras ella era enterrada viva bajo sus pies.
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