“¿Qué vamos a hacer si todo se muere?”, preguntó con la voz baja. Tomás se agachó, tocó la tierra agrietada. Adaptarnos. No es la primera vez que la tierra nos pone a prueba. Esa noche cenaron poco, solo arroz y un caldo sin verduras. No era por falta de voluntad, era por escasez. Y por primera vez desde que vivían juntos, la preocupación era evidente en ambos rostros.
Al día siguiente, Isabela se levantó más temprano. Caminó hasta el terreno vecino, donde había unos árboles altos. Llevaba un cubo buscando sombra, buscando humedad. Rasgó la tierra con las uñas, nada, solo polvo. Regresó con las manos sucias, la ropa empapada de sudor, pero no se detuvo. Tomó los restos de las hojas marchitas, las juntó en un rincón y las trituró con piedras. ¿Qué haces?, preguntó Tomás.
abono. Aunque no sirva, no me voy a rendir. No es rendirse, respondió él. Es entender que a veces hay que esperar. Yo no puedo esperar, replicó. Esperar fue lo que me rompió antes. Tomás no insistió. Le alcanzó una pala y trabajaron en silencio, no como antes, ahora con desesperación contenida. Días después, el huerto estaba en pausa.
No era abandono, era resistencia. Los pocos brotes verdes estaban protegidos con cartón viejo y piedras alrededor. Las raíces fuertes se cuidaban con jarras pequeñas. Una tarde, mientras cargaban agua desde un pozo comunitario, escucharon a otros campesinos hablar. Esto va para largo. Dicen que el calor no se va hasta el otro mes.
Ya perdí la mitad de mis plántulas. Nos toca aguantar o empezar de nuevo. Isabela no habló, pero al volver a la cabaña abrió su cuaderno de cuentas. Vio las monedas. No alcanzaban para resembrar todo ni para mudarse. Solo quedaba resistir otra vez. Esa noche se sentó frente al huerto apagado y dijo en voz baja, “Si la tierra me da la espalda, yo le doy el frente.” Tomás la escuchó. No respondió.
solo se sentó a su lado. A veces la compañía silenciosa era más valiosa que cualquier palabra. Esa misma semana, Isabela tuvo una idea. No buscó milagros, solo buscó soluciones. Y si plantamos en bolsas con tierra comprada, las movemos según el sol y el viento, pequeño, pero seguro. ¿Cuántas podríamos hacer con lo que tenemos? Cinco. Pero serán nuestras.
Tomás no discutió. Esa tarde llenaron las primeras bolsas con tierra negra que un vecino les regaló. Plantaron ají, albaca y cebolla. Las colocaron bajo una tabla inclinada para evitar el sol directo. Cada mañana revisaban las hojas. Cada tarde movían las bolsas de lugar. Era poco, pero era acción. Las demás plantas seguían en pausa esperando la lluvia, pero aquellas cinco en bolsas humildes crecían y cada brote nuevo era como una señal de que aún no estaban derrotados.
Una tarde, un vecino pasó y vio el arreglo. Y esto, huerto portátil, dijo Isabela, porque la tierra puede quebrarse, pero no nosotros. El hombre se fue y así, sin esperar milagros, Isabela y Tomás se enfrentaron a la sequía, no con fuerza bruta, sino con ingenio, no con resignación, sino con intención. Porque a veces resistir no es quedarse quieto, es moverse, aunque sea con poco.
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