Pero hoy no se trata de usted, se trata de ellos señaló a los gemelos. Un silencio más pesado cayó sobre los presentes. Santiago sintió que las piernas le fallaban. Valeria, son míos. Los ojos de ella brillaron con lágrimas contenidas. Sí. Un suspiro colectivo recorrió el lugar. Natalia apretó el ramo tan fuerte quealgunas flores se rompieron.
Mercedes negó repetidamente. Mentira, gritó. Esto es un chantaje. Lo planeaste para sacarle dinero. Valeria bajó la mirada por un segundo, herida por la acusación, pero se recompuso. Si hubiera querido dinero, lo habría pedido hace años. Pero usted me dio algo más duro que la pobreza, el silencio. Los recuerdos volvieron a su mente como una tormenta.
El día que Mercedes fue a verla. Las palabras frías, las amenazas disfrazadas de consejo. “Si de verdad lo amas, desaparecerás.” Le había dicho. No puedes ofrecerle nada. Yo me aseguraré de que nunca te acepte. Valeria estaba embarazada. Apenas empezaba a anotarlo, pero no se atrevió a decirlo.
Tenía miedo y creyó que proteger a Santiago era desaparecer. Ahora estaba cansada de huir. Lo busqué, dijo mirando al novio. Quise decirte la verdad, pero tu madre me cerró todas las puertas. Me humilló, me hizo sentir como si mis hijos fueran una vergüenza. Se le quebró la voz y entendí que yo no tenía que avergonzarme de ellos, sino de haber callado tanto tiempo.
Los ojos de Santiago se llenaron de lágrimas. Mercedes por primera vez quedó sin palabras. Los invitados ya no murmuraban. Solo observaban Natalia tragó saliva. El futuro que había imaginado empezaba a deshacerse entre sus manos. Valeria tomó de nuevo las manos de sus hijos. Hoy no vine a pelear, continuó.
Vine para que sepan quién es su padre. No quiero arruinar la boda. Si después de escucharme decides casarte, lo aceptaré. Yo me iré. Pero ellos tienen derecho a saber la verdad. Santiago miró a los gemelos. Dio su propia mirada repetida dos veces. Las mismas cejas, la misma forma de apretar los labios. Cuando estaban nerviosos, su mundo se detuvo.
“Quiero hablar”, dijo con voz firme. El sacerdote cerró el libro lentamente. Mercedes dio un paso atrás. La boda, que parecía perfecta, estaba ya al borde del colapso y todavía faltaba lo más doloroso. El salón entero contenía la respiración. Santiago miraba a Valeria, luego a los gemelos y finalmente a su madre. Sentía rabia, dolor, nostalgia, pero sobre todo una verdad que empezaba a arderle en el pecho.
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