“Quiero que todos escuchen”, dijo con la voz temblorosa pero firme. Mercedes intentó intervenir. “Santiago, no hagas esto aquí.” Mamá, la interrumpió. “Ya hiciste demasiado aquí. Nunca le había hablado así.” Ella se quedó inmóvil. Santiago miró al sacerdote. Perdóneme, padre. Necesito decir algo antes de seguir.
El sacerdote asintió con comprensión. Adelante, hijo. Santiago dio unos pasos hacia Valeria. Cuando tú te fuiste, yo pensé que ya no me amabas. Pensé que me abandonaste sin razón. Lloré, me enojé, me volví alguien que ya no reconocía. Sus ojos brillaban. Y hoy descubro que no me abandonaste. Te obligaron. Valeria bajó la mirada.
Una lágrima silenciosa cayó sobre su mano. Mercedes apretó los labios. Yo solo quería protegerte, balbuceó. Ella no era para ti. No tenía nada. Me quitaste algo más importante que el dinero, respondió él. Me quitaste mi derecho a decidir y el derecho de mis hijos a tener un padre. Los invitados sintieron el peso de aquellas palabras.
Natalia dio un paso al frente. Santiago, dijo con calma, aunque por dentro se rompía. Yo necesito saber dónde quedo yo en todo esto. Él la miró con respeto y tristeza. Tú no tienes la culpa de nada, respondió. Eres una mujer buena y mereces un amor que no esté dividido. Guardó silencio unos segundos.
Pero yo no puedo casarme hoy. Un murmullo profundo recorrió el salón. Natalia cerró los ojos. Sabía que esa era la verdad. Aunque doliera, asintió con dignidad. “Gracias por ser honesto”, susurró. No quiero que alguien se quede conmigo mientras piensa en otra vida que dejó atrás. Le entregó el ramo al sacerdote y se retiró con pasos lentos.
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