En dos horas, los ciento veinte millones de dólares se habían transferido a una cuenta privada suiza, invisible para los ojos de todos. Intocable para los abogados de Sterling.
Para cuando Arthur se diera cuenta de que me había ido de verdad, el rastro estaría helado.
Miré vuelos en mi teléfono.
Nueva York ya no me ofrecía nada más que fantasmas y malos recuerdos.
Necesitaba ir a un lugar nuevo. Un lugar donde pudiera construir algo desde cero.
Un lugar donde la gente fuera ambiciosa y con hambre de éxito, y a la que no le importara tu apellido.
Reservé un billete de ida a San Francisco.
Silicon Valley.
El lugar donde se construyeron imperios solo con determinación, código y la audacia de creer que podías cambiar el mundo.
Me acaricié el vientre suavemente, sintiendo la ligera curva que pronto sería imposible de ocultar.
"Nos vamos a casa, cariño", susurré.
Tenía capital suficiente para fundar diez empresas.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
