Sus padres millonarios llegaron para desconectarlo, pero segundos antes de apagar la máquina, el niño abrió los ojos y dijo la frase que los envió a prisión

El sonido rítmico del monitor cardíaco se había convertido en la única banda sonora de mi vida durante los últimos seis meses. Bip… bip… bip… Un metrónomo frío y digital que marcaba la distancia entre la vida y la muerte, entre la esperanza y la desolación. Me llamo Rosa, y aunque en mi documento de identidad dice que soy soltera y sin hijos, mi corazón cuenta una historia muy diferente. Mi hijo yace en esta cama de hospital, rodeado de cables y tubos, con la piel tan pálida que a veces me cuesta distinguirla de las sábanas blancas. Se llama Mateo. Tiene cinco años. Y no, no lleva mi sangre, ni mis apellidos. Lleva los apellidos de dos personas que no han pisado esta habitación en ciento ochenta días.

Miro por la ventana del cuarto piso del Hospital Central. Afuera, la ciudad sigue su curso, la gente corre bajo la lluvia, los autos tocan sus bocinas, la vida bulle con una indiferencia que duele. Aquí adentro, el tiempo se detuvo el día que Mateo “cayó” por las escaleras. Esa es la versión oficial. La versión que Ricardo y Valentina, sus padres biológicos, le dieron a la policía con lágrimas de cocodrilo y trajes de luto anticipado. Pero yo sé la verdad. Las paredes de la mansión Mendoza tienen oídos, y yo, la “simple empleada doméstica”, la mujer invisible que limpiaba sus desastres y criaba a su hijo, vi y escuché cosas que me hielan la sangre cada vez que cierro los ojos.

Recuerdo el día que Mateo nació. Valentina ni siquiera quería sostenerlo; decía que estaba agotada y que el bebé le arruinaría el vestido de seda. Ricardo estaba más preocupado por las acciones de su empresa que por el milagro de la vida que acababa de ocurrir. Fui yo quien le dio su primer biberón. Fui yo quien calmó sus fiebres de madrugada. Fui yo quien le enseñó a decir “agua” y “luna”. Para ellos, Mateo era un accesorio, algo que mostrar en las fotos de las revistas de sociedad para aparentar la familia perfecta. Para mí, él era el aire que respiraba.

Hoy es un día diferente. El ambiente en el hospital está cargado, pesado, como el cielo antes de una tormenta eléctrica. Esta mañana, el doctor Ramírez, un hombre bueno pero cansado de luchar contra la burocracia, entró a la habitación evitando mi mirada. No hizo falta que dijera nada; su silencio gritaba la noticia. Los Mendoza han llamado. No para preguntar cómo está Mateo, no para saber si necesita algo. Han llamado a sus abogados. Han decidido que “ya es suficiente”. Argumentan que mantener a Mateo conectado es un gasto innecesario y un sufrimiento prolongado, aunque la realidad es que su seguro de vida tiene una cláusula que expira si el niño sigue vivo un mes más. Vienen en camino. Vienen a firmar la sentencia de muerte de un niño al que nunca amaron, vienen a desconectar la máquina que hace latir el corazón que ellos mismos rompieron. Pero lo que Ricardo y Valentina no saben es que esta mañana, mientras le leía su cuento favorito, sucedió algo imposible, algo que cambia todas las reglas del juego y que podría costarnos la vida a ambos.

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