Sus padres millonarios llegaron para desconectarlo, pero segundos antes de apagar la máquina, el niño abrió los ojos y dijo la frase que los envió a prisión

Todo ocurrió apenas hace unas horas, cuando el sol apenas comenzaba a teñir de naranja las cortinas de la habitación. Yo estaba sentada en la incómoda silla de plástico que se había convertido en mi cama, con la mano de Mateo entre las mías. Sus manos, antes regordetas y llenas de juegos, ahora estaban delgadas, frágiles como el cristal. Le estaba leyendo “El Principito”, justo la parte donde el zorro habla sobre domesticar y crear lazos. Mi voz se quebraba por el cansancio y el miedo a lo que sabía que se avecinaba. Las enfermeras me habían advertido de los rumores: la orden judicial para la desconexión estaba casi lista.

—”Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos” —leí en voz baja, aguantando las lágrimas—. Mateo, mi amor, si puedes escucharme, necesito que luches. No por ellos, sino por nosotros. No me dejes sola, mi vida.

Fue entonces cuando sentí una sacudida eléctrica recorrerme la columna vertebral. Al principio pensé que era un espasmo involuntario, un reflejo muscular común en pacientes en su estado. Pero no. Fue una presión deliberada. Su dedo índice apretó mi pulgar. Una vez. Dos veces.

Dejé caer el libro al suelo. El ruido resonó en la habitación vacía. Me acerqué a su rostro, conteniendo la respiración, con el corazón golpeándome las costillas como un pájaro enjaulado.

—¿Mateo? —susurré, temiendo que mi propia mente me estuviera jugando una mala pasada por la desesperación.

Sus párpados, que habían permanecido sellados como puertas de acero durante seis meses, comenzaron a temblar. Fue una lucha titánica, visible en la tensión de su pequeña frente. Y entonces, ocurrió el milagro. Sus ojos se abrieron. No estaban perdidos ni vacíos. Estaban desenfocados, sí, pero había consciencia en ellos. Me buscaron, recorrieron el techo, y finalmente se posaron en mí.

—Ro… sa… —El sonido fue apenas un suspiro ronco, seco, como hojas arrastradas por el viento, pero para mí fue la sinfonía más hermosa jamás compuesta.

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