Sus padres millonarios llegaron para desconectarlo, pero segundos antes de apagar la máquina, el niño abrió los ojos y dijo la frase que los envió a prisión

Me tapé la boca para no gritar. Quería salir corriendo, llamar a los médicos, gritarle al mundo que Mateo había vuelto. Pero el instinto de supervivencia, ese que desarrollé viviendo bajo el mismo techo que los Mendoza, me detuvo en seco. Si los médicos anunciaban oficialmente que Mateo había despertado, Ricardo y Valentina lo sabrían de inmediato. Y si sabían que el niño que podía testificar en su contra estaba despierto, no esperarían a una orden judicial para desconectarlo. Buscarían otra forma. Terminarían lo que empezaron en las escaleras.

—Shhh, mi amor, no hables, no gastes fuerzas —le dije, besando su frente sudorosa mientras mis lágrimas mojaban su rostro—. Estás a salvo conmigo, pero tenemos que ser muy inteligentes. Escúchame bien, Mateo. Vienen tus papás. No puedes dejar que sepan que estás despierto. Tienes que volver a dormir, ¿entiendes? Es un juego. El juego del escondite más importante de tu vida.

Él parpadeó lentamente, entendiéndolo. A pesar de su corta edad, Mateo había aprendido a leer el peligro en los ojos de su padre mucho antes del accidente.

La puerta se abrió de golpe apenas unos minutos después de que Mateo volviera a cerrar los ojos, fingiendo ese sueño profundo. El cambio de atmósfera fue instantáneo. El aire se volvió gélido. Entraron ellos. Ricardo, con su traje impecable de diseñador italiano y su reloj de oro, y Valentina, con unas gafas de sol enormes que ocultaban la falta total de tristeza en su rostro. Detrás de ellos, el director del hospital y un abogado con cara de pocos amigos.

—Aquí estamos —dijo Ricardo, ni siquiera mirando a la cama, sino al director—. ¿Está todo listo? Tenemos una reserva para cenar y esto ha tomado demasiado tiempo.

La crueldad de sus palabras me golpeó como una bofetada física. Ni siquiera “Hola”, ni siquiera una mirada a su hijo. Solo prisa por deshacerse de la evidencia.

—Señor Mendoza —intervino el doctor Ramírez, visiblemente incómodo—, como le expliqué por teléfono, los signos vitales de Mateo son estables. Su actividad cerebral ha mostrado ligeras variaciones…

—¡Variaciones irrelevantes! —cortó Valentina, quitándose las gafas con un gesto teatral—. Llevamos seis meses pagando facturas astronómicas por un vegetal. Nos dijeron que no había esperanza. Queremos dejarlo descansar en paz. ¿Es tan difícil de entender que unos padres quieran cerrar este ciclo de dolor?

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