El silencio que siguió fue absoluto. El doctor se detuvo. Ricardo se giró para burlarse de mí una última vez. Pero su sonrisa se congeló en su rostro.
Detrás de él, una voz pequeña, débil, pero cargada de una verdad demoledora, rompió el aire. —Papá… no me empujes otra vez.
El tiempo se detuvo. Ricardo palideció hasta parecer un cadáver. Valentina soltó su bolso de marca, que cayó al suelo con un golpe sordo. Todos los ojos se dirigieron a la cama.
Mateo estaba sentado, apoyado en sus codos, temblando por el esfuerzo, pero con los ojos clavados en su padre. No había miedo en su mirada, solo una tristeza infinita. —Dijiste que íbamos a jugar al avión… y me empujaste —continuó el niño, y cada palabra era un clavo en el ataúd de la mentira de los Mendoza.
El doctor Ramírez reaccionó al instante. Apartó la mano de la máquina y se colocó frente a Mateo, protegiéndolo. —El paciente está consciente. La orden judicial queda invalidada inmediatamente por cambio de estado médico. Salgan de esta habitación.
—¡Está delirando! —gritó Ricardo, con el pánico deformándole la cara—. ¡Es un efecto de los medicamentos! ¡Ese niño no sabe lo que dice!
—¡Lo empujaste! —Grité yo, liberándome de los guardias que, atónitos, me habían soltado—. ¡Lo escuché esa noche, Ricardo! ¡Escuché cómo planeaban cobrar el seguro! ¡Pero no tenía pruebas hasta ahora! ¡Su propio hijo es la prueba!
La situación se convirtió en un caos. Valentina intentó abalanzarse sobre la cama, quizás para taparle la boca al niño, pero esta vez fui yo quien la detuvo, empujándola con tanta fuerza que cayó sentada en el sillón de visitas. —¡No lo vuelvas a tocar! —le rugí.
El director del hospital, dándose cuenta de la gravedad de la acusación, llamó a la policía desde su teléfono. Los minutos que siguieron fueron una neblina de gritos y amenazas por parte de Ricardo, quien trataba de sobornar a los guardias, a los médicos, a quien fuera. Pero la mirada de Mateo, fija en él, lo desarmaba. Era el juicio final, dictado por un niño de cinco años en pijama de dinosaurios.
Cuando la policía llegó, no fue como en las películas. Fue crudo y real. Ricardo intentó huir, golpeando a un oficial, lo que solo sirvió para que lo esposaran contra el suelo, con la cara aplastada contra el linóleo frío que tantas veces yo había limpiado con mis lágrimas. Valentina lloraba histéricamente, no por su hijo, sino gritando que sus muñecas le dolían con las esposas.
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