Hubo un silencio húmedo en la sala. Vi a la estenógrafa secarse una lágrima. El juez asintió, visiblemente conmovido, y golpeó el mazo. —Concedido.
El abrazo que nos dimos en ese momento fue el cierre de un libro de terror y el comienzo de una historia de amor. No hubo fuegos artificiales, solo el calor de dos almas que se habían salvado mutuamente.
Hoy, dos años después, nuestra vida es sencilla. No vivimos en una mansión, sino en un apartamento pequeño donde a veces se escucha al vecino de arriba. No hay viajes a Europa, pero hay tardes de helado en el parque y noches de películas con palomitas. Mateo va al colegio y es un niño feliz, aunque a veces tiene pesadillas. Cuando eso pasa, yo corro a su cama, y él me dice: “Estás aquí”. Y yo le respondo siempre lo mismo: “Siempre, mi vida. Mientras yo respire, nunca estarás solo”.
A veces pienso en la ironía del destino. Ricardo y Valentina tenían millones, poder y estatus, pero eran pobres de espíritu. Yo, que no tenía nada, terminé con el tesoro más grande del mundo. Aprendí que la sangre te hace pariente, pero solo el amor te hace familia. Y mientras veo a Mateo soplar las velas de su séptimo cumpleaños, pidiendo un deseo con los ojos cerrados, sé que el mío ya se cumplió hace mucho tiempo, en una fría habitación de hospital, cuando un pequeño dedo apretó mi mano y me dijo que la esperanza nunca, nunca debe morir.
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