Suspendido por llevar a mi hijo al trabajo, lo dejé sobre el escritorio de la presidenta: "Este es tu nieto. Ya no lo crio".
PARTE 1 — El escritorio, la fiebre y la reliquia
Para cuando entramos en la oficina de la presidenta, el edificio parecía haber dejado de respirar.
La puerta de la sala de juntas seguía entreabierta, y los rostros de los ejecutivos mostraban una expresión entre la sorpresa y el hambre.
Volví a dejar a mi hijo en el escritorio, con cuidado, porque aún le ardía la piel. 39,8 °C (103,6 °F).
Entonces deslicé mi teléfono por el escritorio, con la pantalla iluminada por un mes de llamadas a un solo nombre: Ethan Shaw.
Todas y cada una: rechazadas.
La presidenta Evelyn Shaw no me miró primero. Miró al niño.
Su mano se cernió sobre él y luego le tocó la frente como si no confiara en lo que sentía.
Una pequeña arruga se formó entre sus cejas. “Llama al Dr. Chen”, dijo por la línea interna, con voz entrecortada y rotunda.
Nadie discutió. Ni siquiera el aire.
Cuando el Dr. Chen llegó y le quitó el cordón rojo de la muñeca a mi hijo, el pequeño amuleto de jade se deslizó y cayó al suelo.
El sonido fue diminuto. Aun así, cayó como un mazo.
Evelyn se agachó más rápido que yo, apretándolo con los dedos como si fuera a desvanecerse.
Su rostro cambió: ni rabia ni desprecio. Reconocimiento.
“Eso era para mi primer nieto”, dijo, casi para sí misma.
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