¡TE DOY MIL DÓLARES SI ME ATIENDES EN INGLÉS!” SE BURLÓ EL MILLONARIO… LO QUE ELLA DIJO CAMBIÓ TODO —Te doy mil dólares si me atiendes en inglés.
Él sonrió, con humildad por primera vez.
—Espero que algún día hable de respeto tan bien como tú hablas inglés.
No hubo abrazo, ni promesa, ni deuda. Solo dos personas entendiendo la misma verdad desde lugares distintos.
Esa noche, en su pequeño departamento, Mateo la recibió con una taza de chocolate caliente.
—Entonces… ¿vas a volver a estudiar? —preguntó, con los ojos brillantes.
Valeria miró el sobre de la beca sobre la mesa. Pensó en su madre, en las noches sin dormir, en los platos que había cargado, en las humillaciones que se había tragado y en la vez que decidió no tragarse una más.
—Sí, amor —respondió por fin—. Voy a volver a estudiar. Pero esta vez lo haré por nosotros.
El niño la abrazó con todas sus fuerzas.
Afuera, las luces de la ciudad se reflejaban en los cristales. En algún lugar, lejos de ahí, Eric miraba su propia vida con otros ojos, entendiendo que el verdadero idioma que le faltaba no era el inglés, sino el de la humanidad.
Valeria cerró los ojos un momento y sonrió. Había perdido mucho, pero nunca perdió lo único que no se puede comprar: la dignidad.
Y así, sus caminos siguieron en direcciones distintas, unidos por una misma lección:
que el respeto no cuesta nada, pero vale más que mil dólares.
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