¡TE DOY MIL DÓLARES SI ME ATIENDES EN INGLÉS!” SE BURLÓ EL MILLONARIO… LO QUE ELLA DIJO CAMBIÓ TODO —Te doy mil dólares si me atiendes en inglés.
Sus dedos dejaron de temblar. Apretó un poco la bandeja, elevó la mirada y sostuvo los ojos del millonario. Ese gesto sencillo bastó para apagar unas cuantas risas. Algo en la expresión de la joven decía que la noche estaba a punto de cambiar de rumbo, aunque nadie allí lo supiera todavía. Nadie imaginaba que aquella apuesta humillante sería el inicio no de un chiste, sino de una lección que le costaría muy cara al hombre que se creía por encima de todos.
El Luna de Polanco era uno de esos lugares donde todo parece brillar: los candelabros, las copas, las conversaciones. Esa noche, sin embargo, el brillo se había ensuciado con un tipo de risa que Valeria conocía demasiado bien: la risa de los que se creen superiores.
—¿Qué tanto entiendes de lo que digo? —preguntó Eric, sin siquiera mirarla—. Te hablo y apenas me entiendes, por eso nunca llegas lejos en este país.
Un murmullo incómodo se extendió por el salón. Valeria respiró hondo.
—¿Desean vino tinto o blanco? —preguntó con serenidad.
—El que puedas pronunciar —respondió él, arrancando carcajadas a dos de sus acompañantes.
Uno de los socios, el más joven, agachó la mirada. No tenía el valor de enfrentarse a su jefe, pero algo en sus ojos mostraba vergüenza. Camila apretó los labios desde lejos, sintiéndose impotente. Sabía que si intervenía, la que terminaría en problemas sería Valeria.
Eric entonces dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco, como quien da inicio a un juego.
—Ya lo he pensado mejor. Hagámoslo interesante. —Alzó la voz—. Te doy mil dólares si me atiendes en inglés.
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