¡TE DOY MIL DÓLARES SI ME ATIENDES EN INGLÉS!” SE BURLÓ EL MILLONARIO… LO QUE ELLA DIJO CAMBIÓ TODO —Te doy mil dólares si me atiendes en inglés.

Camila la miró con una mezcla de miedo y admiración. En el fondo, envidiaba esa paz que ella ya no recordaba tener.

Al otro lado del salón, Eric seguía en la mesa, solo. Sus socios, incómodos, habían decidido irse antes de tiempo. Él se quedó mirando el reflejo del vino. No entendía por qué no podía sacarse de la cabeza el rostro de Valeria, su acento perfecto, la firmeza de sus palabras.

No era solo orgullo herido; era como verse ante un espejo que le mostraba una versión de sí mismo que no quería ver.

Aquella noche, mientras el violín volvía a sonar y el restaurante intentaba recuperar la normalidad, tanto Valeria como Eric sabían, en lo más hondo, que nada volvería a ser igual.

A la mañana siguiente, el sol de la Ciudad de México bañaba las calles de Polanco. Valeria caminaba hacia el trabajo con una bolsa de pan dulce en la mano y el corazón un poco más liviano.

En casa la esperaba Mateo, de once años, con su mochila lista para ir a la escuela.

—¿Sabes qué significa “thank you”, Mateo? —preguntó ella mientras le daba el pan.

—“Gracias” —respondió él orgulloso.

—Eso es. —Le revolvió el cabello—. Nunca olvides que las palabras pueden construir o destruir.

En el camino al restaurante, ella pensó en la noche anterior. Sabía que habría rumores, miradas, susurros. Pero también sabía algo más: por primera vez en mucho tiempo, se había elegido a sí misma.

Y no pensaba arrepentirse.

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