“Te doy mil dolares si me atiendes en japonés” se burló el millonario.. ella habló y calló a todos…

Te doy $1,000 si me atiendes en japonés. Se burló el millonario. Cuando ella habló, cayó todo el restaurante. La frase salió disparada como un latigazo cortando el aire acondicionado del exclusivo salón privado del restaurante Sakura Fusión. Rodrigo Valdés, con el rostro enrojecido por una mezcla de frustración y soberbia, agitaba un fajo de billetes verdes en el aire.

El crujido del papel moneda era el único sonido que se atrevía a competir con el tenso silencio que se había apoderado de la mesa. Frente a él, tres inversionistas japoneses permanecían inmóviles como estatuas de piedra tallada, observando la escena con una impasibilidad que ocultaba una profunda incomodidad. El restaurante era un templo al lujo moderno. Las paredes estaban recubiertas de paneles de madera oscura importada y del techo colgaban lámparas de diseño que imitaban la caída de flores de cerezo, proyectando una luz cálida y dorada sobre la mesa de mármol negro.

Cada cubierto, cada copa de cristal de bohemia estaba alineado con una precisión milimétrica. Olía a dinero, a perfumes caros de madera y especias y al leve aroma del vinagre de arroz y pescado fresco que salía de la barra de sushi. Era un escenario diseñado para impresionar, para cerrar tratos millonarios y celebrar victorias. Pero esa noche el ambiente estaba cargado de electricidad estática, listo para estallar. Rodrigo, enfundado en un traje italiano de corte perfecto que apenas lograba disimular la tensión en sus hombros, miró su reloj de oro por décima vez en el último minuto.

El traductor no llegaba. Ese maldito incompetente lo había dejado tirado en la reunión más importante de su carrera. Sin él, el contrato de exportación de atún premium que llevaba meses persiguiéndose le escurría entre los dedos. Los señores Tanaka Sato y Yamamoto, representantes del conglomerado más grande de Tokio, esperaban y Rodrigo sabía que la paciencia japonesa era legendaria, pero no infinita. Fue entonces cuando sus ojos, buscando desesperadamente una distracción, un chivo expiatorio sobre el cual descargar su ira, se posaron en ella.

Ana estaba arrodillada cerca de la entrada de servicio, casi invisible, intentando recoger los fragmentos de una copa que uno de los meseros había dejado caer momentos antes. Llevaba un uniforme que alguna vez fue blanco, pero que ahora lucía ese tono grisáceo de las prendas lavadas mil veces con detergente barato. Un uniforme simple pero pulcro, le cubría el torso. tenía el cabello recogido en una coleta y sus manos rojas y agrietadas por el contacto constante con los químicos de limpieza se movían con rapidez nerviosa.

Para Rodrigo, Ana no era una persona, era parte del mobiliario, un defecto visual en su noche perfecta. Pero en ese momento de desesperación, su mente retorcida vio en ella una oportunidad para ganar tiempo, para demostrar poder, para convertir el desastre inminente en un espectáculo que, según él, divertiría a sus invitados y rompería el hielo. “Tú!”, gritó Rodrigo chasqueando los dedos con fuerza. “Sí, tú, la del trapo sucio. Ven aquí ahora mismo.” Ana se congeló. El sonido de su propio corazón comenzó a retumbar en sus oídos.

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