lentamente levantó la cabeza. Sus ojos, grandes y oscuros, reflejaban el cansancio de quien lleva demasiadas horas de pie y demasiadas preocupaciones en la espalda. No estaba acostumbrada a que la miraran, mucho menos los clientes de la zona VIP. Su trabajo era ser un fantasma, limpiar lo que otros ensuciaban y desaparecer antes de que alguien notara su presencia. Señor, su voz salió apenas como un susurro, temblorosa. No me hagas repetirlo. Mueve esos pies, insistió Rodrigo haciendo un gesto despectivo con la mano.
Acércate a la mesa. Ana se puso de pie con dificultad, las rodillas le dolían. Se alisó el delantal con las manos húmedas, intentando inútilmente parecer más presentable, y caminó hacia la mesa central. Cada paso se sentía como si llevara pesas de plomo en los tobillos. podía sentir las miradas de los demás comensales clavadas en su espalda, miradas que oscilaban entre la curiosidad y el asco. Al llegar junto a Rodrigo, el contraste era brutal. Él olía aloción de sándalo y tabaco fino.
Ella alegía y sudor frío. La tela brillante del traje de él parecía rechazar la proximidad del algodón gastado de ella. Caballeros”, dijo Rodrigo, dirigiendo una sonrisa amplia y falsa hacia los japoneses, hablando en un español rápido y fuerte, asumiendo que la barrera del idioma lo protegía. “Parece que mi traductor se ha perdido en el tráfico de esta ciudad caótica, pero no se preocupen, soy un hombre de recursos. A veces la ayuda viene de los lugares más inesperados.” El señor Tanaka, el mayor de los tres japoneses, un hombre de cabello plateado y mirada penetrante, ladeó ligeramente la cabeza.
No entendía las palabras exactas, pero el tono de burla en la voz de Rodrigo era universal. Un leve fruncimiento de ceño apareció en su frente. Una señal de desaprobación tan sutil que Rodrigo, en su arrogancia pasó por alto completamente. Rodrigo se giró hacia Ana, mirándola de arriba a abajo con una mueca de diversión cruel. “Mírenla”, continuó Rodrigo, dirigiéndose ahora a sus dos socios mexicanos que reían nerviosamente en el otro extremo de la mesa. “¿Es la imagen misma de la eficiencia, verdad?
Seguro que en su tiempo libre es una experta en relaciones internacionales. Las carcajadas de los socios de Rodrigo estallaron, cortas y agudas como ladridos. Ana bajó la vista, clavando los ojos en sus propios zapatos desgastados. Sentía el calor subirle por el cuello, quemándole las mejillas. Quería desaparecer, fundirse con la alfombra, volverse polvo. No entendía por qué estaba allí, por qué este hombre poderoso había decidido convertirla en el centro de su diversión. Dime, niña dijo Rodrigo, acercándose tanto que Ana tuvo que contener la respiración para no toser por el exceso de perfume.
¿Sabes qué idioma hablan estos señores? Ana tragó saliva. Su garganta estaba seca como un desierto. Japonés, señor, respondió con un hilo de voz sin levantar la vista. Vaya, exclamó Rodrigo con fingida sorpresa, abriendo los ojos desmesuradamente. Sabe geografía. Un aplauso, por favor. Más risas. Esta vez, algunos clientes de las mesas cercanas también sonrieron, contagiados por el espectáculo, ajenos a la crueldad que se escondía detrás. Los japoneses, sin embargo, permanecían en silencio. El señor Sato ajustó sus gafas con un movimiento lento, observando a Ana con una atención que nadie más le prestaba.
Rodrigo, sintiéndose el dueño del escenario, metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó un fajo grueso de billetes. Eran dólares, cientos de ellos. El olor a tinta y papel nuevo llegó hasta la nariz de Ana. Rodrigo se paró 10 billetes de 100 con una lentitud exasperante, contando en voz alta para que todos escucharan. Uno, dos, tres. Contaba, disfrutando del poder que sentía al ver como los ojos de Ana seguían involuntariamente el movimiento del dinero.
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