“Te doy mil dolares si me atiendes en japonés” se burló el millonario.. ella habló y calló a todos…

Pero volvamos a lo importante, dijo Rodrigo, regresando su atención a Ana como un depredador que vuelve a jugar con su presa. Tú, la chica del trapo. Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal, hasta que Ana pudo oler el rastro agrio del alcohol en su aliento mezclado con la menta. “Te estoy ofreciendo la oportunidad de tu vida”, susurró bajando el tono a una falsa confidencia. “¿Sabes lo que podrías hacer con este dinero? Podrías comprarte ropa que no parezca sacada de la basura.

Podrías arreglarte ese cabello. Quizás hasta podrías pretender alguien decente por un día. Ana apretó los labios conteniendo las lágrimas de rabia. No era solo la humillación personal, era el dolor de saber que él tenía razón en una cosa. Necesitaba ese dinero. Lo necesitaba tanto que dolía físicamente. “Vamos, inténtalo”, insistió Rodrigo golpeando suavemente el fajo de billetes contra el hombro de Ana. “Solo tienes que balbucear algo con Ichiwa Arigato. Hazles una reverencia exagerada, a ellos les encantan esas tonterías.

Haznos reír. Ana miró a los inversionistas. El señor Tanaka la observaba fijamente. En sus ojos oscuros no había burla, sino una extraña mezcla de curiosidad y espera. Parecía estar evaluándola, no por su ropa sucia, sino por algo más profundo. Ana recordó las lecciones de Tadashi sobre el One y el Tatemae, la verdadera intención y la fachada pública. Rodrigo era todo fachada, un cascarón vacío de honor. Pero en los ojos de Tanaka, Ana creyó ver un destello de humanidad.

Señor, empezó Ana, su voz temblando ligeramente. Más fuerte, ladró Rodrigo interrumpiéndola. Que te escuchen hasta en la cocina. Gánate tu premio. Rodrigo tomó el fajo de billetes y en un gesto de suprema arrogancia comenzó a pasarlos lentamente por la cara de Ana, como si estuviera acariciando a una mascota. El papel rozó su mejilla, su nariz, sus labios. Era una caricia humillante, degradante, diseñada para recordar quién tenía el poder y quién estaba a merced de las circunstancias. ¿No quieres dejar de ser una muerta de hambre?

Habla, di algo, lo que sea. sea, diviértenos. La sala entera parecía contener el aliento. Los meseros en el fondo desviaron la mirada, incapaces de presenciar tal abuso. Los socios de Rodrigo reían, pero sus risas sonaban huecas, forzadas. teñidas de una incomodidad creciente. Incluso para ellos el límite se había cruzado. Pero nadie se atrevía a detener al jefe. Nadie, excepto Ana, que estaba allí parada, soportando el peso de la soberbia de un hombre que creía que el dinero le daba derecho a pisotear la dignidad ajena.

Ana cerró los ojos por un segundo, sintió la textura de los billetes en su piel y sintió asco, pero luego vio la cara de Tadashi sonriéndole, entregándole un tazón de sopa. caliente en una noche de invierno. Vio sus manos arrugadas, enseñándole a escribir los kanjis de respeto y coraje. “El dinero es necesario para vivir, Ana Chan”, le decía él. “Pero el honor es necesario para vivir con la cabeza alta”. Ana cerró los ojos un segundo más, inhalando profundamente.

Al exhalar, soltó el peso de su uniforme sucio, el dolor de sus manos agrietadas y la angustia de las deudas. Cuando volvió a abrir los párpados, la chica asustada que había entrado a recoger cristales rotos ya no estaba allí. Lentamente, con una gracia que parecía imposible en alguien que vestía un delantal manchado de grasa, Ana juntó los talones, enderezó la espalda, borrando la curvatura de años de sumisión y cansancio. Sus manos, antes temblorosas y escondidas, se colocaron suavemente frente a su regazo, una sobre la otra, en la posición perfecta de espera atenta.

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