Rodrigo parpadeó confundido. La presa no estaba reaccionando como debía. No había lágrimas. No había súplicas, no había huida, solo una calma extraña inquietante que emanaba de ella como una ola de frío. ¿Qué haces? Preguntó Rodrigo bajando un poco la mano con el dinero, su sonrisa vacilando por primera vez. ¿Te dio un ataque o qué? Ana no le respondió. En su lugar, giró levemente el torso hacia los tres hombres sentados frente a ella. Ignoró a Rodrigo por completo, como si fuera una mosca molesta zumbando en la periferia de su visión.
Sus ojos oscuros se encontraron con los del señor Tanaka y en esa conexión silenciosa hubo un reconocimiento y entonces Ana se inclinó. No fue una inclinación cualquiera. No fue el gesto rápido y servil que hacían los meseros del lugar para ganar propinas. Fue un saiki perfecto, una reverencia profunda de 45 gr, sostenida con una precisión matemática, ejecutada con la solemnidad de quien entra en un templo sagrado. La sala quedó petrificada. El movimiento fue tan elegante, tan cargado de dignidad ancestral, que parecía que Ana hubiera cambiado su uniforme gris por un kimono de seda imperial.
Al incorporarse, Ana abrió los labios y el sonido que salió de ellos no tuvo nada que ver con el español tímido que había usado antes. Irá y mase o mátaseita dijo, su voz clara y melodiosa resonando con una autoridad suave que cortó el aire. Rodrigo soltó una risa nerviosa, un sonido seco y desagradable. ¿Qué? ¿Qué diablos es eso? Ladró mirando a sus socios. Está hablando en lenguas. Suena como si estuviera escupiendo, pero nadie se rió con él esta vez.
Sus socios estaban boquiabiertos, mirando a la chica de la limpieza como si acabara de levitar. Ana continuó sin romper el contacto visual con los invitados. No estaba usando el japonés coloquial que se aprende en los animes o en los libros de turistas. Estaba hablando en Son Keigo y Kenyogo, los niveles más altos y honoríficos del idioma, reservados para situaciones de extrema formalidad y respeto, un lenguaje que incluso muchos japoneses nativos encontraban difícil de dominar a la perfección.
Taen Shitsure y Tashimashita prosiguió Ana, su tono impregnado de una disculpa profunda y sincera. En un japonés perfecto continuó. Lamento profundamente la terrible falta de educación que han tenido que presenciar. Les pido mis más sinceras disculpas desde el fondo de mi corazón por este comportamiento tan grosero. Es una vergüenza que nuestra hospitalidad haya fallado de esta manera. El señor Tanaka, que hasta ese momento había mantenido una máscara de indiferencia pétrea, abrió los ojos de par en par.
Sus manos, que descansaban sobre la mesa, se cerraron ligeramente. No podía creer lo que escuchaba. La pronunciación era impecable. el acento nativo, la gramática de una pureza que denotaba años de estudio riguroso o una vida inmersa en la cultura. Pero lo que más lo impactó no fueron las palabras, sino el sentimiento detrás de ellas. Esa joven vestida con arapos estaba asumiendo la vergüenza del anfitrión, disculpándose por la rudeza de Rodrigo como si fuera su propia falta, un gesto de humildad suprema que solo alguien con un alma verdaderamente noble podía ofrecer.
Rodrigo, sintiendo que el control de la situación se le escapaba como agua entre los dedos, golpeó la mesa con el puño. Basta de ruidos extraños, gritó su rostro ahora de un rojo furioso. Dije que te dieras a entender, no que te pusieras a balbucear tonterías. ¿Qué les dijiste? Seguro los insultaste. Ana giró la cabeza lentamente hacia él. Su mirada era fría, desprovista de miedo. El trato era que los atendiera en japonés, señor, dijo en español con una calma que hizo que Rodrigo retrocediera medio paso.
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