Y eso es exactamente lo que estoy haciendo. Estoy disculpándome en nombre del restaurante por la lamentable experiencia que están teniendo. Disculparte. Tú, Rodrigo se rió incrédulo. ¿Quién te crees que eres? Eres la chica que limpia los baños. Tú no tienes derecho a disculparte por nada. Yo soy el que manda aquí. Ana lo ignoró de nuevo y olvió su atención a los japoneses. El señor Sato, el hombre de las gafas, se inclinó hacia delante intrigado y habló por primera vez.
Ojoan, jovencita. Su voz era suave probándola. Doco de sono. Yuna Kire Nionabitaka, ¿dónde aprendiste un japonés tan hermoso? Ana sonrió. Una sonrisa triste pero llena de ternura. So funoarimasita. Me lo enseñó mi abuelo. Respondió ella en un japonés fluido. Karewa ito noneuchiwa ni bun de wanaku cocoro noikata de kimaru. Tuosiete kuremashita. Él me enseñó que el valor de una persona no se decide por su estatus sino por la disposición de su corazón. Al escuchar esto, el tercer hombre, el señor Yamamoto, soltó un suspiro odible.
La frase era poética, profunda y golpeaba directamente en el centro de la filosofía que ellos valoraban y que Rodrigo había pisoteado toda la noche. Suden y Gochuon Wo Kimari Oimari de Souka ya han decidido qué desean ordenar, preguntó Ana sacando una pequeña libreta y un bolígrafo del bolsillo de su delantal. Movimientos que ejecutó con la delicadeza de una ceremonia del té. El señor Tanaka la miró fijamente durante unos segundos eternos. Luego lentamente una sonrisa genuina llena de respeto se dibujó en su rostro severo.
Kimineruyo, te lo encargo a ti, dijo Tanaka. Kimos Susume Wo, lo que tú recomiendes. Era una prueba de confianza absoluta. En la cultura de negocios japonesa, dejar que el anfitrión, o en este caso quien servía eligiera el menú, era un honor, una señal de que se sentían en buenas manos. Ana asintió con una reverencia corta y respetuosa. Entendido y obedecido, se giró hacia Rodrigo, quien estaba boquiabierto, con la boca abriéndose y cerrándose como un pez fuera del agua.
El silencio en el restaurante era absoluto. Nadie comía, nadie hablaba, todas las miradas estaban fijas en esa pequeña mujer que de repente parecía medir 3 m de altura. “Los señores han decidido que yo elija el menú por ellos”, dijo Ana en español. Su voz resonando clara en el salón. Sugiero que empecemos con el sashimiwas especial seguido de Wagu a la parrilla. Y por favor traiga el saque Yumaida y Jinjo que tienen en la bodega privada. No el de la casa que estaban sirviendo.
Ellos saben la diferencia. Rodrigo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No solo había entendido, no solo había hablado, había tomado el mando y lo peor de todo lo había hecho con una clase que él, con todos sus millones y sus trajes italianos, jamás podría comprar. Tú, tú, balbuceó Rodrigo, señalándola con un dedo tembloroso. Esto es un truco, es una estafa. Seguro estás inventando palabras. No voy a pagarte nada. Fue entonces cuando ocurrió lo impensable.
El señor Tanaka, el líder del grupo, el hombre que controlaba inversiones por miles de millones de dólares, se puso de pie lentamente. Sus dos compañeros lo imitaron de inmediato. Rodrigo se enderezó pensando que por fin se iban a ir, indignados por la insolencia de la empleada. Exacto. Exclamó Rodrigo. Váyanse. Esta mujer está loca. Yo me encargo de echarla ahora mismo. Pero los japoneses no miraron a Rodrigo. Lo ignoraron como si fuera invisible, como si fuera una mancha en el mantel.
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