“Señor Tanca”, dijo Ana en japonés, su voz resonando como una sentencia judicial. Antes de que firmen nada, necesitan ver la cláusula. Siete. El silencio en la sala se rompió con el sonido seco de Rodrigo, tratando de arrebatarle la carpeta, pero fue demasiado tarde. La verdad estaba a punto de salir a la luz y esta vez no había dinero en el mundo que pudiera comprar el silencio de Ana. El señor Tanaka ajustó sus gafas con un movimiento lento y deliberado.
Sus ojos recorrieron las líneas del contrato, deteniéndose específicamente en el párrafo que Ana había señalado. A su lado, el señor Sato y el señor Yamamoto se inclinaron leyendo sobre el hombro de su líder. El ambiente se cargó de una frialdad glacial. Cora, esto es, murmuró Sato, frunciendo el ceño con incredulidad. Rodrigo, desesperado, intentó cambiar el foco de atención. No le hagan caso gritó su voz rompiéndose en un gallo patético. Esa mujer no sabe leer contratos. Es una ignorante.
Seguro está inventando cosas para vengarse porque no le di el dinero. Se volvió hacia Ana, sus ojos inyectados en sangre, llenos de un odio puro y destilado. “Diles que mientes”, le exigió, avanzando un paso hacia ella con actitud amenazante. Diles que no sabes nada de negocios internacionales o te juro que el señor Valdés tiene razón en una cosa interrumpió Ana, su voz tranquila cortando los gritos del millonario como una hoja de acero afilada. No soy abogada de negocios internacionales, pero soy nieta de Tadashi y sé distinguir un pescado podrido cuando lo huelo, aunque esté escondido bajo 1000 capas de papel legal.
Ana se giró hacia los inversionistas y cambió al japonés con una fluidez que hizo que los meseros en el fondo de la sala se miraran entre sí, asombrados. “Señor Tanaka, por favor, mire la cláusula siete”, dijo Ana en japonés señalando el documento. Allí dice atún rojo, pero en la letra pequeña se garantiza el derecho a usar al letra amarilla como sustituto. La revelación cayó como una bomba. El atún rojo on maguro es el rey del sushi. Una delicia preciada y costosa.
El aleta amarilla quijada, aunque comestible, es infinitamente más barato y común. Vender uno al precio del otro no era un error administrativo, era una estafa deliberada, un robo descarado disfrazado de tecnicismo. Ana continuó traduciendo al español para que Rodrigo no pudiera fingir ignorancia, para que cada persona en esa sala, desde el gerente hasta el lavaplatos, entendiera la magnitud del engaño. La cláusula permite al proveedor sustituir el producto premium por pescado de segunda categoría, previamente congelado por más de 6 meses, si el mercado lo requiere.
Básicamente, señor Valdés, usted planeaba cobrarles millones por pescado viejo, apostando a que su confianza y la barrera del idioma les impedirían leer la letra pequeña. Rodrigo retrocedió como si le hubieran dado una bofetada física. Eso es mentira, bramó, aunque el temblor en sus manos lo delataba. Es un estándar de la industria. Tú no sabes nada de pescado. Eres una simple limpiadora. Ana lo miró con una lástima profunda. Que no sé nada, preguntó suavemente. Crecí en la cocina de la pensión de mi abuelo Tadashi.
Aprendí a limpiar pescado antes de aprender a caminar. Aprendí que el ojo de un atún fresco debe brillar como el cristal, no estar hundido y opaco como su conciencia. Señor Valdés. Aprendí que la carne del maguro tiene un color rubí profundo que no necesita tintes ni trucos. Dio un paso hacia la mesa, su presencia llenando la habitación. Tadashi me enseñó que cuando sirves comida a alguien, le estás entregando tu confianza. Poner un plato en la mesa es un acto sagrado.
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