Ana caminaba hacia la salida, pero no como quien huye, sino como quien guía. A su lado, el señor Tanaka, el señor Sato y el señor Yamamoto avanzaban con paso firme, ignorando deliberadamente la figura patética de Rodrigo. Para ellos, él ya no existía. En la cultura del honor, la inexistencia es el castigo final para quien ha perdido su rostro. Justo antes de llegar a las puertas de cristal esmerilado que separaban el salón B del resto del mundo, el señor Tanaka se detuvo.
Se giró suavemente hacia Ana, sus ojos brillando con una calidez paternal que contrastaba con la frialdad que había mostrado hacia el millonario. “Ana San dijo Tanaka usando el sufijo de cortesía que se reserva para los iguales o los respetados, eliminando para siempre la barrera entre el inversionista y la empleada.” Espera un momento, por favor. Ana se detuvo y lo miró. Aún sentía el corazón galopando en su pecho, una mezcla de adrenalina y el miedo residual de quien ha saltado al vacío, sin saber si tenía alas.
“Dígame, señor Tanca”, respondió ella, manteniendo la compostura, aunque sus manos temblaban ligeramente al costado de su cuerpo. El anciano empresario metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó una tarjeta de presentación. No era una tarjeta común. Era de un papel grueso texturizado, con letras grabadas en oro y negro. Con ambas manos, como dictaba el protocolo, se la ofreció a Ana. Nuestra empresa Tanaca Global no solo busca socios comerciales”, comenzó a decir su voz resonando suavemente en el vestíbulo.
Buscamos guardianes, personas que entiendan que el negocio no es solo números, sino confianza. Personas que sepan que un contrato roto se puede volver a imprimir, pero una palabra rota no se puede reparar. El señor Sato asintió a su lado, interviniendo con una sonrisa respetuosa. Llevamos meses buscando a alguien que dirija nuestra nueva división de enlace cultural aquí en la ciudad. Necesitamos a alguien que entienda el idioma, sí, pero sobre todo que entienda el alma de nuestra cultura.
Alguien que no permita que nos vendan aleta amarilla por atún rojo. Ana miró la tarjeta en sus manos. Director de operaciones internacionales. Las letras doradas parecían bailar ante sus ojos. Señor Tanca, yo Ana balbuceó, la emoción cerrándole la garganta. Yo no tengo un título universitario. Dejé mis estudios para cuidar a Tadashi. Solo soy. He sido limpiadora los últimos 3 años. Tanaka negó con la cabeza suavemente. La universidad te da conocimientos técnicos, Anas, pero la integridad, la integridad no se enseña en las aulas, se forja en el fuego de la vida.
Lo que hiciste hoy, defender la verdad a costa de tu propio bienestar. Demuestra más calificación que cualquier diploma colgado en una pared. Se acercó un paso más, bajando la voz. El puesto es tuyo si lo quieres. El salario inicial es de $,000 mensuales, más beneficios y seguro médico completo para ti. Y hizo una pausa respetuosa para cualquier familia que tengas a tu cargo. Ana sintió que las rodillas le fallaban. $5,000. Seguro médico. Eso significaba que el tratamiento de Tadashi no solo era posible, sino que estaría garantizado.
Significaba que podían mudarse de ese cuarto húmedo. Significaba que la pesadilla de contar monedas había terminado. Las lágrimas finalmente rodaron por sus mejillas, pero esta vez no eran de vergüenza, eran de alivio. Un alivio tan profundo que dolía. “Acepto”, susurró ella y luego con más fuerza levantó la cabeza. Acepto, señor Tanaka. Arigato Gozaimasu, no le fallaré. Lo sé, respondió el anciano. El espíritu de Tadashi vive en ti. Eso es garantía suficiente. En ese momento, un ruido arrastrado rompió la magia del momento.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
