Se creen muy listos con sus trajes y sus reverencias, pero no tienen ni idea de dónde se han metido. Caminó alrededor de la mesa, posando una mano sobre el respaldo de la silla del señor Tanaka, quien se tensó visiblemente ante el contacto no solicitado. “Son unos ingenuos”, continuó Rodrigo guiñándole un ojo a uno de sus socios mexicanos. ¿Creen que van a firmar el negocio del siglo? Se van a llevar contenedores llenos de pescado de segunda congelado hace meses y me lo van a pagar como si fuera atún recién pescado en las costas de Japón.
Y lo mejor de todo es que me van a dar las gracias con una reverencia. Ana sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Entendía perfectamente lo que Rodrigo estaba diciendo. No solo la estaba humillando a ella, estaba insultando a sus invitados, planeando estafarlos en su propia cara, confiado en su ignorancia del idioma. La indignación comenzó a burbujear en su estómago, mezclándose con la vergüenza. Tadashi le había enseñado que la honestidad era el pilar de la vida. Escuchar a este hombre hablar con tanto descaro sobre engañar a otros le revolvía las entrañas.
Pero volvamos a lo importante, dijo Rodrigo, regresando su atención a Ana como un depredador que vuelve a jugar con su presa. Tú, la chica del trapo. Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal, hasta que Ana pudo oler el rastro agrio del alcohol en su aliento mezclado con la menta. “Te estoy ofreciendo la oportunidad de tu vida”, susurró bajando el tono a una falsa confidencia. “¿Sabes lo que podrías hacer con este dinero? Podrías comprarte ropa que no parezca sacada de la basura.
Podrías arreglarte ese cabello. Quizás hasta podrías pretender alguien decente por un día. Ana apretó los labios conteniendo las lágrimas de rabia. No era solo la humillación personal, era el dolor de saber que él tenía razón en una cosa. Necesitaba ese dinero. Lo necesitaba tanto que dolía físicamente. “Vamos, inténtalo”, insistió Rodrigo golpeando suavemente el fajo de billetes contra el hombro de Ana. “Solo tienes que balbucear algo con Ichiwa Arigato. Hazles una reverencia exagerada, a ellos les encantan esas tonterías.
Haznos reír. Ana miró a los inversionistas. El señor Tanaka la observaba fijamente. En sus ojos oscuros no había burla, sino una extraña mezcla de curiosidad y espera. Parecía estar evaluándola, no por su ropa sucia, sino por algo más profundo. Ana recordó las lecciones de Tadashi sobre el One y el Tatemae, la verdadera intención y la fachada pública. Rodrigo era todo fachada, un cascarón vacío de honor. Pero en los ojos de Tanaka, Ana creyó ver un destello de humanidad.
Señor, empezó Ana, su voz temblando ligeramente. Más fuerte, ladró Rodrigo interrumpiéndola. Que te escuchen hasta en la cocina. Gánate tu premio. Rodrigo tomó el fajo de billetes y en un gesto de suprema arrogancia comenzó a pasarlos lentamente por la cara de Ana, como si estuviera acariciando a una mascota. El papel rozó su mejilla, su nariz, sus labios. Era una caricia humillante, degradante, diseñada para recordar quién tenía el poder y quién estaba a merced de las circunstancias. ¿No quieres dejar de ser una muerta de hambre?
Habla, di algo, lo que sea. sea, diviértenos. La sala entera parecía contener el aliento. Los meseros en el fondo desviaron la mirada, incapaces de presenciar tal abuso. Los socios de Rodrigo reían, pero sus risas sonaban huecas, forzadas. teñidas de una incomodidad creciente. Incluso para ellos el límite se había cruzado. Pero nadie se atrevía a detener al jefe. Nadie, excepto Ana, que estaba allí parada, soportando el peso de la soberbia de un hombre que creía que el dinero le daba derecho a pisotear la dignidad ajena.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
