No quería ser alguien a quien hay que cuidar, no todavía. Me volví a casa al cabo de tres semanas. Mi hija se quedó preocupada, pero le dije que estaba bien, que prefería mi casa. Y era verdad. Cuando abrí la puerta y olí ese olor acerrado a viejo, sentí un alivio enorme. Esto era mío. Aquí nadie me preguntaba si había desayunado. Aquí podía hacer lo que me diera la gana, pero claro, hacer lo que me da la gana a los 87 no es lo mismo que a los 50.
Me cansaba más. A veces se me olvidaban cosas, dónde había puesto las llaves, si había cerrado el gas, si ya me había tomado la pastilla o no. Una tarde me caí en el baño, no fue nada, un resbalón tonto, pero me quedé ahí tirado un rato intentando levantarme y pensé, si esto pasa de noche, ¿quién me encuentra? Mi hija insistió entonces con lo de buscar ayuda. Una persona que viniera unas horas, que me hiciera la compra, la limpieza, que me acompañara al médico y lo probamos.
vino una señora muy maja de Ecuador, se llamaba Patricia, muy trabajadora, muy educada, pero yo no me acostumbraba verla ahí tocando mis cosas, abriendo mis armarios, colocando todo de otra manera. No era ella, era yo. Me sentía vigilado en mi propia casa y luego estaba el dinero. Con mi pensión llego justo pagar a alguien todos los días, aunque fueran unas horas, era un pico. Y cuando Patricia no podía venir, mandaban a otra y otra gente distinta todo el rato.
Yo ya ni sabía quién tenía que explicarle dónde estaban las cosas. Entonces fue cuando mi hija sacó otra vez lo de la residencia, fuimos a ver una aquí al lado, moderna, limpia, con jardín. Me enseñaron todo, las habitaciones, el comedor, la sala de actividades, todos muy amables. Pero yo miraba aquello veía horarios. Desayuno a las 9, comida a la 1:30, cena a las 8, actividades de 10 a 11, todo medido, todo controlado. Y la gente que había allí, Dios mío, algunos ni te miraban, otros estaban en sillas de ruedas con la boca abierta babando.
Y yo pensaba, yo todavía camino, todavía me ducho solo, todavía leo el periódico, ya tengo que estar aquí. Me volví a casa esa tarde y me senté en el sofá, el mismo sofá donde me senté con Lola mil veces, y me eché a llorar así, sin más. Lloré porque no sabía qué hacer, porque ninguna opción me parecía bien, porque sentía que se me estaban acabando las las opciones. El mundo ya no tenía sitio para mí tal y como era.
Pasaron unos días, yo seguía solo dándole vueltas a todo y una mañana bajé a por el pan, como siempre. En el portal me crucé con Laura, una vecina del segundo tiene 30 y pocos, dos niños pequeños y siempre va con prisa. Ese día la vi agobiada con uno en el carrito y el otro llorando. Me paré y le pregunté si necesitaba algo. me miró como sorprendida y me dijo que que no que nada, que que era que tenía que llevar al pequeño, al médico y y el mayor no tenía cole porque estaba malo también y
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