Tengo 87 años y mi hija quería llevarme a una residencia… hasta que descubrí esto…

ella tenía que trabajar desde casa y y no sabía cómo iba a hacer y no sé por qué, pero le dije, “Yo te puedo echar una mano, eh, si quieres, el mayor se queda conmigo un rato, le pongo los dibujos y ya está.” Ella se quedó mirándome y al principio dijo que no, que no hacía falta, pero yo insistí y al final me lo dejó. Se llamaba Hugo, un niño rubio, menudito, con mocos. Lo subí a mi casa, le puse la tele, le di galletas y me senté a su lado.

Y fue raro, pero bien. Hacía años que no tenía un crío en casa. Cuando Laura volvió, estaba tan agradecida que casi se pone a llorar. Me dijo que le había salvado la mañana y yo me sentí útil. Hacía tiempo que no me sentía así. Unos días después me pidió otro favor y luego otro. Y yo encantado. Empecé a recoger a Hugo del cole algunos días. Luego Laura me traía cosas del súper si veía que me faltaba algo.

Su marido me ayudó a cambiar una una bombilla que yo ya no alcanzaba. Y así poco a poco, sin darnos cuenta, empezamos a funcionar como una especie de, no sé, como una familia rara. Me di cuenta de que en el barrio había más gente así, gente que necesitaba cosas pequeñas, un vecino mayor que no podía bajar la basura. una chica que trabajaba hasta tarde y no llegaba a recoger el paquete de correos. Yo eh empecé a a estar más atento a ofrecer y la gente me ofrecía también.

Me traían tupers de comida, me preguntaban si necesitaba algo, me llamaban para tomar un café y entonces entendí algo. Yo no necesitaba que me cuidaran como a un niño. No necesitaba que alguien controlara mi vida. Lo que necesitaba era seguir siendo yo, seguir aportando algo, seguir siendo alguien que importa, no alguien a quien hay que soportar. Con mi hija hablamos hace poco. Le expliqué todo esto. Al principio no lo entendía. me decía que me iba a cansar, que era mucho para mí, que qué pasaba si me caía o me ponía malo.

Y tiene razón en parte, pero le dije, “Hija, prefiero cansarme haciendo algo que importa que morirme de aburrimiento esperando a que alguien me lleve al médico. Ahora sigo viviendo solo, sigo teniendo días malos, días en que me duele todo y no me apetece ni levantarme. Pero también tengo días en que Hugo me espera en el portal con un dibujo que ha hecho para mí. O Laura me sube un café y se queda un rato hablando. O el vecino del quinto me pide que le eche un ojo a su madre cuando él no está.

No sé qué pasará dentro de un año ni dentro de 6 meses. Igual un día me caigo y no puedo levantarme. Igual llega un momento en que sí necesito que alguien esté conmigo todo el día y si llega pues llegará. Pero hoy no. Hoy todavía puedo. Todavía tengo algo que dar. Y mientras sea así, quiero seguir siendo Manuel, el del cuarto, el que recoge a Hugo, el que baja por el pan cada mañana, aunque le cueste un poquito más que ayer. Porque envejecer no es desaparecer, es cambiar.

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