Pero Petro no se detuvo. Probablemente decidió forjar hierro mientras yo guardaba silencio.
—Y, Natasha, un momento. También me quedaré con el Toyota.
—¿Qué? —Incluso sonreí.
—¿Y por qué el coche? ¿Karina no tiene carnet?
– Tiene carnet. No hay coches. Y tenemos que llevar un cochecito, ir a la clínica… Entiendes, todo cabe en tu todoterreno, y mi sedán es poco práctico. ¿Para qué necesitas algo tan grande? Tomas el autobús a la estación, el tren allí, y estás en el centro. Por cierto, los jubilados tienen descuentos en viajes.
Lo miré e intenté encontrar rastros del joven que amaba. El que me llevó en brazos cuando nació Misha. El que se sentaba junto a mi cama por las noches cuando yo yacía en un colchón.
Esta persona ya no estaba. En su lugar estaba sentado un hombre extraño y prudente que temía parecer pobre ante su nueva pasión.
– Vamos, resumamos –dije secamente.
– Quieres un apartamento. Quieres mi coche. ¿Y me propones que recorra cien kilómetros hasta una casa con goteras y tome el tren?
—¡Yo arreglaré el techo! —Hizo un gesto generoso con la mano.
—Qué indulgente. Bueno, no seas mezquina, Natalka. Vamos a tener un hijo. Una nueva vida. ¿De verdad quieres que tu, digamos, nieto crezca en un ambiente reducido?
El precio de la libertad
Por la noche, estaba sentada sola en la cocina. Petro se acercó a ella y dejó sobre la mesa una lista de documentos para el notario. Estaba seguro de la victoria. Sabía que no me gustan los escándalos.
Cogí una calculadora. La costumbre de contar siempre me salvaba de emociones innecesarias.
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