uv. Sus hombros se hundieron. Un triunfo brilló en sus ojos: "¡Es una pasada!". Ya estaba organizando mentalmente los muebles de los niños en mi habitación.
Firmé a toda prisa. De un plumazo, veinticinco años de matrimonio pasaron a la historia.
—Aquí tienes las llaves del apartamento. —Dejé el paquete sobre la mesa pulida.
Pensó que cogería el parquímetro, pero tiré las llaves y me fui.
—Y el coche. Los documentos están en la guantera.
—Natasha, tú... gracias —murmuró, rastrillando las llaves con la palma húmeda—.
—Eres una verdadera amiga. Sabía que lo entenderías. Karina y yo...
—Me da igual, Peter. —Lo interrumpí, mirándolo directamente a la nariz.
—Tomé mis cosas. Ya no me importa.
Salí. El viento otoñal me golpeó la cara, frío y cortante. No tenía apartamento. No tenía coche. Me quedé en la acera con una sola bolsa de deporte que contenía mis documentos y un portátil.
Un taxi a la estación ya me esperaba.
Me senté en el asiento trasero y sonreí. Había comprado lo más caro del mundo. Me había recomprado a mí misma.
Un año de silencio
Había pasado un año.
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