Un día, al volver del trabajo, mi vecina se me acercó de nuevo en el rellano. Parecía agitada.
"¡Dios mío, no puedo creer que las cosas hayan resultado así!", dijo en voz baja. "Siempre pensé que tu suegra era dulce, pero ahora me doy cuenta de lo... astuta que era".
Sonreí, pero por dentro había una sonrisa diferente: tranquila, triunfante.
"Sí", dije, "ya no importa. Mi vida es mía".
Pasó un mes. Y entonces, una noche se convirtió en una verdadera sorpresa. Abrí la puerta del apartamento y vi a mi marido allí de pie con una bolsa. Su expresión era una mezcla de irritación y confusión. Ni siquiera intentó ocultar su sorpresa al ver que las cerraduras eran nuevas y la puerta estaba cerrada.
"Otra vez tú...", empezó. "No", lo interrumpí. "No se entra aquí sin permiso. Las cerraduras son nuevas, las reglas son nuevas. Se acabó todo."
Intentó decir algo, pero lo miré con atención. Sabía que cualquier palabra era inútil ahora. Mi poder era mío; ya no era una víctima.
"Yo... una madre...", dijo con voz temblorosa.
"No importa", respondí con calma. "Ya no vive aquí. Nunca volverá."
Se quedó paralizado y luego dejó lentamente la bolsa en el suelo. Una mezcla de derrota e incomprensión se dibujó en su rostro. No esperaba que actuara con decisión, que me defendiera. Él...
Pensé que años de hábito y miedo me frenarían. Pero ahora era diferente.
Pasó otro mes. Empecé a escribir un diario, no para espiar a nadie, sino para documentar mi nueva vida, mi paz, mi alegría y mi fuerza interior. Anotaba cada día: pequeñas victorias, pequeñas alegrías, los primeros pasos para ser yo misma por completo.
Cada mañana, me despertaba sintiéndome en control total de mi vida. Cada noche, preparaba la cena, pero esta vez para mí o para los amigos que me alegraban, no para aquellos acostumbrados a la manipulación y el control.
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