—Voy a soltar un poquito… —susurró Carmen.
Lentamente, centímetro a centímetro, la niñera fue aflojando la presión de sus manos sobre las cinturas de los niños. El peso de sus cuerpos comenzó a recaer sobre esas piernas que los médicos habían declarado inútiles.
Los niños se tambalearon. Sus rodillas temblaron violentamente bajo el esfuerzo. Fue un momento de tensión insoportable. Alejandro contuvo la respiración, con los ojos llenos de lágrimas, rogando en silencio a cualquier dios que escuchara. Por favor, que no se caigan. Por favor.
Pero no cayeron.
Mateo miró a Lucas y soltó una risita nerviosa. —¡Estoy de pie! —susurró, como si decirlo en voz alta pudiera romper el hechizo. —¡Yo también! —respondió su hermano, apretando los puños para mantener el equilibrio.
Carmen retiró las manos completamente por un segundo. Un segundo eterno. Dos segundos. Tres segundos.
Los niños se mantuvieron erguidos por su propia cuenta. No era magia; era el resultado de semanas de fortalecimiento muscular disfrazado de juego, de miles de repeticiones invisibles, de una confianza inyectada directamente en el alma.
Y entonces, sucedió lo impensable. Lucas, el más audaz de los dos, miró a Carmen y luego miró hacia el extremo de la encimera. —Voy a atraparte —dijo.
Y movió un pie.
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