Tomé la decisión más difícil de mi vida… y siete meses después, el destino le dio a mi ex familia una lección inesperada

El día que vi las dos rayitas rosas, creí que mi embarazo sería el último hilo que salvaría un matrimonio ya desgastado.
Pero unas semanas más tarde, descubrí algo que me rompió por dentro: mi marido tenía una amante… y ella también estaba embarazada de él.

Creí que al menos su familia me apoyaría. Estaba equivocada.

El ultimátum que lo cambió todo

En una tensa reunión familiar en la antigua casa de los Ramírez, en Lucknow, mi suegra me miró fijamente a mí y a la otra mujer —a quien llamaré Karina— y pronunció, como quien habla de un simple trámite:

“La que dé a luz un hijo varón podrá quedarse. La otra se irá.”

Sentí que el mundo se me derrumbaba.
Para ellos, mi valor como mujer y esposa se resumía a una sola cosa: si mi bebé nacía hombre.

Miré a mi esposo, Daniel, esperando que dijera algo, que me defendiera… pero no levantó la vista siquiera. No dijo una palabra.

Esa noche, yo —Lucía— me quedé despierta con la mano sobre mi vientre, entendiendo por fin que no podía criar a mi hijo o hija en un lugar donde el amor tuviera condiciones tan crueles.

Y tomé la decisión más dura de mi vida: pedir el divorcio.

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