La paz que no esperaba
Cuando supe todo esto, no sentí venganza, ni triunfo.
Solo paz.
Porque entendí que la vida, tarde o temprano, pone a cada quien en su lugar.
No necesitaba ganar.
No necesitaba demostrar nada.
La bondad no compite.
La bondad espera… y deja que la vida hable por ella.
Un nuevo comienzo
Una tarde, mientras arropaba a mi pequeña Elisa para su siesta, el cielo se teñía de un naranja cálido.
Acaricié su mejilla y le susurré:
“Puede que no pueda darte una familia perfecta, pero te prometo una vida tranquila.
Una vida donde nadie valga más que nadie.
Una vida donde serás amada simplemente por ser tú.”
Sonreí.
Y lloré.
Por primera vez, no eran lágrimas de dolor, sino de libertad.
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