Se quedó pálido.
El coche en el que había estado apoyado arrancó, con los neumáticos silbando contra el pavimento, dejándonos solos en la acera donde una vez compartimos chistes, secretos y sueños. Ese lugar nunca volvería a ser el mismo.
"No quería que llegara tan lejos", murmuró.
"¿No lo decías en serio?", espeté. "¿Entonces por qué llamaste? ¿Por qué les diste mi información?"
Sus hombros temblaron. "Porque estoy cansado, Miguel. Cansado de ser invisible. Cansado de ser pobre. Pensé que si te ibas... podría ocupar tu lugar. Tu trabajo. Tu habitación. Tu vida."
Sus palabras me desgarraron.
Este era el chico al que solía proteger. Al que defendía cuando sus compañeros se burlaban de él. Al que enseñé a montar en bicicleta, al que llevé a casa sangrando y llorando después de que se cayera.
Y entonces dijo algo que me destrozó por completo.
"Hay más", susurró.
Las sirenas estaban más cerca. Debería haber corrido. Pero no podía moverme.
"¿Qué más?"
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