—¿Señora… Mariana? —su voz salió ahogada, como si alguien le apretara la garganta.
Mariana asintió levemente.
Dejó el trapo sobre el carrito de limpieza.
Se quitó los guantes con calma.
Una asistente se acercó de inmediato y colocó sobre sus hombros un elegante blazer blanco.
En cuestión de segundos, la “empleada de limpieza” desapareció.
Frente a Alejandro ahora estaba otra mujer:
Cabello suelto, postura recta, mirada profunda y fría.
El hombre canoso dio un paso al frente y anunció con voz clara para todos:
—Es un honor presentarles a la señora Mariana Ortega, fundadora de la marca “Fénix de Fuego” y principal inversionista de esta colección exclusiva que se lanza esta noche.

Alejandro retrocedió un paso, completamente descompuesto.
El vestido rojo con rubíes detrás de Mariana —el mismo que él había despreciado— llevaba el sello de su nombre.
Mariana giró hacia él.
Y sonrió.
Pero ya no era la sonrisa frágil de la mujer de hace siete años.
—Hace siete años dijiste que no estaba a tu altura.
—Hace unos minutos dijiste que jamás podría tocar este vestido.
Levantó la mano.
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