El personal abrió la vitrina.
Mariana tocó la tela roja con elegancia.
Las luces hicieron que el vestíbulo pareciera arder.
—Qué lástima… —susurró—.
Porque quien ya no tiene derecho a tocar nada de esto… eres tú.
En ese momento, el teléfono de Alejandro comenzó a vibrar sin parar.
Mensaje de su secretaria:
“Señor, el socio estratégico acaba de retirar toda la inversión.
Han firmado un contrato exclusivo con… la señora Mariana Ortega.”
Antes de que pudiera reaccionar, Camila soltó su brazo con brusquedad.
—¿No que ibas a ser vicepresidente? ¿Todo era mentira?
Se dio la vuelta y se marchó, los tacones resonando como martillazos sobre el orgullo destrozado de Alejandro.
Mariana pasó junto a él.

No lo miró.
Solo dejó una frase flotando en el aire, suave como el viento:
—Gracias… por haberme soltado aquel día.
Alejandro quedó inmóvil en medio del vestíbulo, rodeado de lujo, flashes y murmullos, atrapado en una realidad que jamás imaginó enfrentar.
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