Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué pasa con ella?
Hubo un largo silencio.
Entonces pronunció las palabras que me hicieron comprenderlo todo.
—El banco vino esta mañana.
Fruncí el ceño. —¿Qué banco?
—Dijeron que estamos atrasados con los pagos de la hipoteca.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
Mi padrastro siempre se jactaba de su buena situación económica. La casa era grande, recién reformada y estaba en uno de los barrios más elegantes.
—Me dijiste que la casa ya estaba pagada —dije lentamente.
Otro silencio.
Entonces mi madre susurró: —No es cierto.
Me recosté en la silla, comprendiendo de repente por qué había reaccionado así con respecto a mi apartamento.
—¿Cuánto debes?
—Casi cuatrocientos mil dólares.
La cifra me impactó.
—¡Imposible! —dije—. ¿Cómo llegó a ser tan alta?
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